El campamento estaba raro ese día.
Demasiado atento. Demasiado silencioso. Demasiadas cabezas girándose hacia la entrada como si acabara de llegar una diosa… lo cual, siendo honestos, no estaba tan lejos de la verdad.
La nueva semidiosa cruzó el umbral del campamento con paso tranquilo, seguro, como alguien que no necesita demostrar nada porque ya lo es todo. La reconocieron de inmediato: la hija de Apolo. Famosa. Letal. Brillante. Con una reputación en batalla que viajaba más rápido que cualquier flecha.
Y todos la miraban. Todos menos yo. Bueno... yo también la miraba. Pero no con admiración. Con celos.
Con esa molesta sensación de que alguien te está robando el protagonismo que injustamente crees que es tuyo.
¿Una chica? —pensé— ¿En serio? ¿Ahora resulta que el campamento entero se queda boquiabierto por una chica que nadie conoce mientras yo estoy acá, existiendo heroicamente?
Pésima actitud, Jackson. Lo sé. Pero aun así tomé mi Riptide, la sentí materializarse en mi mano y apunté hacia ella con una sonrisa arrogante que no merecía tener.
—Te reto a un combate —dije, con toda la confianza de alguien que claramente no había pensado esto.
Ella se giró, me miró, y sonrió. No una sonrisa nerviosa. No una sonrisa amable. Una sonrisa de esto "va a ser divertido."
Aceptó.
Y frente a todo el campamento… fui destruido. No derrotado. No vencido. Desmantelado emocional, física y espiritualmente. Era más rápida. Más precisa. Más inteligente. Cada vez que yo atacaba, ella ya estaba en otro lugar. Cada vez que yo intentaba un golpe fuerte, ella lo desviaba como si fuera una molestia menor.
Incluso cuando logré desarmarla, porque sí, un pequeño momento de orgullo, pensé: bien, ahora sí. Error.
Peleó cuerpo a cuerpo contra un semidiós con espada… sin espada. Y aun así me tiró al suelo. Respirando agitado. Mirando el cielo. Con la tierra en la espalda. Mi dignidad en ruinas.
Hubo silencio. Luego aplausos. Muchos aplausos. Después de luchar contra titanes, monstruos, ejércitos, dioses antiguos y horrores indescriptibles… por primera vez… habían vencido a Percy Jackson.
Y lo peor de todo no fue perder. Fue que ella me tendió la mano para ayudarme a levantarme… y yo la acepté como el humilde mortal que aparentemente soy ahora.