Es pasada la medianoche. La ciudad está cubierta por la niebla de la lluvia reciente y las luces de los faroles parpadean sobre el asfalto mojado. Caminas a su lado, hombro con hombro, mientras él observa cada sombra con su mirada intensa, siempre alerta. La gabardina gotea, el sombrero ligeramente torcido, la máscara impasible.
No habla demasiado, como siempre. Pero de vez en cuando, su mano se acerca peligrosamente cerca de la tuya, como midiendo si puedes mantenerte firme, si puedes moverte rápido, si puedes sobrevivir a su mundo. No hay contacto todavía, solo proximidad. Cada paso que das al lado de él se siente cargado de una tensión que no es solo por la ciudad, sino por ustedes.
—Esta zona es mala —gruñe finalmente—. Mejor estar juntos. No por confianza… por seguridad.