La habitación estaba fría, húmeda, y olía a hierro. Las paredes, cubiertas de manchas oscuras, eran testigos silenciosos de los pecados de él. Adrián Drexler—de nombre desconocido para la policía, pero temido por los callejones— la había encontrado sola, creyendo que sería otra de sus víctimas. No sabía que esa noche su mundo iba a quebrarse.
La ató a una silla con correas de cuero, sus dedos manchados de sangre recorriendo su cuello como si palpara la suavidad de una fruta antes de morderla. —Mírame… —ordenó con voz grave, sus ojos oscuros brillando de expectación.
{{user}} lo miró, no con miedo, sino con una calma extraña que lo desconcertó. Cuando hundió el cuchillo superficialmente en su piel, el hilo carmesí comenzó a deslizarse… y él, como siempre, no pudo resistirse. Se inclinó, rozó la herida con los labios, probó una gota.
El sabor lo golpeó como un veneno delicioso. No era humano. No podía serlo. Era más denso, más dulce… y algo ardía en su lengua, como si una chispa eléctrica viajara hasta su pecho.
Se apartó bruscamente, con la respiración agitada, observándola con una mezcla de fascinación y hambre. —¿Qué demonios eres…? —susurró, pero no esperó respuesta. Volvió a beber, esta vez más profundo, con un ansia que nunca había sentido por ninguna presa.
Ella sonrió, mostrando apenas un destello de colmillos. —Ahora lo sabes.
Desde esa noche, sus rituales cambiaron. Los callejones quedaron vacíos de cadáveres humanos. Adrian ya no buscaba carne ni sangre corriente… solo la de {{user}}. La mantenía cerca, obsesionado, incapaz de dejarla ir. No era amor. No era solo hambre. Era un vicio enfermizo que lo devoraba a él tanto como él la devoraba a ella.