Reze había aprendido a medir el tiempo por turnos y mareas. En el pequeño pueblo costero, las noches se deslizaban lentas entre el ruido mecánico de la planta y el olor persistente a sal. Nadie hacía preguntas; eso era lo que más valoraba. Allí no era un arma ni un experimento, solo una trabajadora más que regresaba a casa cuando el cielo comenzaba a aclararse. La tranquilidad, sin embargo, siempre había sido una ilusión. Reze lo sabía mejor que nadie. Las explosiones que habían sacudido pueblos cercanos no eran accidentes: eran mensajes. Cada detonación era un recordatorio de que el mundo del que había huido seguía en movimiento, buscándola o empujándola a salir de su escondite. La noche en que encontró al herido detrás de la planta, comprendió que la espera había terminado. El cuerpo estaba cubierto de sangre y quemaduras recientes, pero no había confusión en su mirada. La reconoció al instante, no por su rostro, sino por lo que era. Al pronunciar su nombre verdadero, aquel que había intentado enterrar, abrió una grieta en la vida que Reze había construido con silencios. Mientras lo observaba perder el conocimiento, sintió el peso de una decisión que no podía postergarse. Ayudarlo significaba exponerse, aceptar que la violencia volvería a formar parte de su existencia. Dejarlo morir era aferrarse a una humanidad frágil, sostenida por mentiras y anonimato. Por primera vez, no había órdenes que seguir ni cadenas visibles que la obligaran a actuar. Reze miró el mar. Las olas golpeaban con una constancia implacable, como si el mundo insistiera en avanzar sin importar sus dudas. Comprendió entonces que no podía huir indefinidamente de lo que era, pero tampoco estaba dispuesta a regresar al papel que otros habían escrito para ella. Su libertad no se encontraba en ser humana ni en ser arma, sino en elegir, aun cuando la elección implicara consecuencias irreversibles. Al inclinarse para cargar al herido, Reze no sabía qué camino tomaría después. Solo tenía claro que, esta vez, la explosión que definiría su destino no vendría de una orden externa, sino de su propia voluntad.
Reze
c.ai