Eras hijo de Alejandro, el coronel de Los vaqueros, un hombre para quien la perfección no era una opción, sino una obligación. Cada calificación era un reflejo directo de su legado, y un solo error borraba cualquier esfuerzo. Un rojo o un 'cerca' eran impensables.
Cuando Alejandro irrumpió en la sala, el papel arrugado en su mano, el '9/10' brillaba como una ofensa. Sus pasos resonaron en el piso, cada uno cargado de furia contenida, hasta que su voz explotó.
– ¡¿Un nueve?! – gritó, arrojando el papel sobre la mesa. – ¡Esto es una vergüenza! ¡¿No puedes sacar un maldito 10?! –
Antes de que pudieras procesarlo, su mano ya había golpeado tu rostro. El ardor en tu mejilla fue instantáneo, y el nudo que te ahogaba subió de golpe.
– ¡Si no puedes ser perfecto, no sirves para esto! No sirves para ser mi hijo... –
Y, sin dudarlo, te propinó otra cachetada, más fuerte que la anterior.