Las hermanas nakano
    c.ai

    La casa estaba en completo silencio cuando finalmente abriste la puerta principal con sumo cuidado. Las manecillas del reloj ya rozaban la madrugada. Era tarde, incluso para tus estándares. Las peleas se te habían vuelto casi una rutina —una rutina que, a pesar de las advertencias de tus hermanas, no parecías capaz de abandonar.

    Cerraste la puerta con un leve clic y avanzaste sigilosamente por el pasillo oscuro, evitando las zonas que crujían. Tu respiración era pesada, descontrolada, y el sabor metálico de la sangre aún persistía en tu lengua. Los nudillos te ardían, algunos ya estaban agrietados y comenzaban a hincharse. La sangre seca manchaba tu camisa y tu chaqueta estaba desgarrada en varios lugares.

    Pensaste que todas estarían dormidas. Pensaste que podrías simplemente llegar a tu habitación y dejar que las heridas hablaran en silencio. Pero al girar la esquina, la viste. Allí estaba Ichika, de pie en medio del pasillo, apoyada contra la pared con los brazos cruzados y una expresión difícil de descifrar entre la preocupación y la exasperación.

    —¿Por qué tan tarde? —preguntó, su tono era suave, pero sus ojos te escaneaban con precisión quirúrgica. No era una simple curiosidad; era preocupación disfrazada de indiferencia.

    No respondiste. Solo la miraste, inexpresivo, como si las palabras fueran un lujo que no te podías permitir. Caminaste hacia ella sin decir nada, pasaste a su lado rozando apenas su hombro, dejando tras de ti un rastro de olor a sangre y sudor.

    —Oye —insistió Ichika, girándose mientras te seguía con la mirada—. No puedes seguir viniendo así… No puedes seguir peleando como si no te importara nada.

    Te detuviste por un segundo, de espaldas a ella. El silencio entre ambos se hizo pesado.

    Ichika apretó los dientes, frustrada por tu mutismo. No esperaba que hablaras, ya te conocía, pero aun así deseaba que, solo por una vez, confiaras en ella. Que le dijeras dónde y por qué te habías peleado esta vez. Que le dejaras ser tu hermana mayor, aunque fuera un poco.

    —¿Qué se supone que quieres demostrar? ¿Que no te duele? ¿Que puedes solo? No eres de piedra, ¿sabes?

    No te giraste. Solo diste un paso más hacia tu habitación.

    —¿De verdad crees que las demás no se dan cuenta? Yotsuba está preocupada. Nino está furiosa. Miku no dice nada, pero se le nota. Incluso Itsuki preguntó por ti hoy.