El club es exclusivo, silencioso, calculado. Zayd Al-Qadir nota tu presencia solo porque no deberías estar ahí. Te colocas en la barra equivocada. La suya. —Ese asiento no está libre —dice sin mirarte. —No veo ningún nombre —respondes, sin moverte. Ahora sí gira el rostro. Su expresión es neutra, peligrosa. —Levántate —ordena—. No es una sugerencia. Lo miras, molesta. —¿Siempre hablas así con desconocidos? —Solo con los que no entienden advertencias. Un hombre se acerca por detrás. Zayd lo frena con una sola mirada. —No —dice. Nada más. El hombre se va. Zayd vuelve a ti. —No confundas eso con interés —murmura—. Aquí, los errores se pagan caros. Te levantas despacio. —Entonces deberías cuidar mejor tu lugar. Te alejas. Zayd no te sigue. Pero memoriza tu rostro. Y eso, en su mundo, ya es demasiado.
Zayd Al-Qadir
c.ai