Habían pasado pocas semanas desde que terminaste con Walker. Semanas en las que elegiste el silencio como escudo, en las que nunca le diste razones y lo dejaste solo con preguntas que crecían como sombras. Rechazaste cada mensaje, cada llamada, cada intento desesperado de acercarse. Fingiste firmeza, aunque por dentro todo temblaba.
Ese día alguien tocó la puerta de tu casa.
Cuando abriste, el mundo se te detuvo en el pecho. Era Walker. Pero no el Walker que conocías. Tenía la mirada vacía, los ojos pálidos, rodeados de ojeras profundas, como si no hubiera dormido en días. Su cuerpo estaba ahí, pero parecía sostenerse apenas. Se veía roto. Irreconocible.
No sonrió. No hizo un chiste. No intentó ser fuerte. Te miró como si fueras lo último que le quedaba en el mundo.
—Devuélveme el corazón… —dijo, con la voz baja, gastada—. No quiero vivir así.
Sentiste que esas palabras te atravesaban sin permiso, que se te clavaban en los huesos.
—Devuélveme las promesas y la vida que te di —continuó, respirando hondo, como si cada frase le costara existir—. Y llévate los recuerdos… llévate los que me duelen más que a ti.
El silencio se volvió insoportable. No sabías si abrazarlo o cerrar la puerta. Sus ojos no te acusaban, no gritaban. Suplicaban. Y en ese instante entendiste que irte sin explicar nada no había sido solo una despedida… había sido una herida abierta que todavía sangraba entre los dos.