La mañana amaneció con un silencio extraño, de esos que no pertenecen a un campus universitario. No era calma: era ausencia.
El mural principal, el que normalmente estaba cubierto de anuncios de conciertos, tutorías y fiestas improvisadas, había sido reclamado por otra cosa. Rostros. Demasiados. Fotografías impresas a toda prisa, algunas borrosas, otras recortadas de redes sociales. Nombres escritos a mano. Fechas. Palabras como desaparecido, última vez visto, si alguien sabe algo.
Ya no era impactante. Ese era el problema.
{{user}} se quedó de pie frente al mural más tiempo del que pretendía. Reconocía demasiadas caras. Un chico que afinaba guitarras en el aula contigua. Otro que había compartido mesa con él hacía una semana, discutiendo acordes y cafés baratos. Personas reales, con horarios, con rutinas… ahora reducidas a papel y grapas.
No había patrón. No había culpables. Solo huecos.
El olor del campus estaba alterado. Miedo diluido en feromonas, ansiedad mal disimulada bajo colonias baratas. Incluso para un alfa acostumbrado a controlar su entorno, aquello era incómodo. El mundo parecía haberse desordenado sin pedir permiso.
"¿Has oído algo nuevo?"
La voz lo sacó de sus pensamientos. Un omega de su clase de teoría musical se había detenido a su lado. Tenía los ojos enrojecidos, las manos apretadas con demasiada fuerza. {{user}} lo reconoció al instante, no por la clase, sino por la historia que circulaba en murmullos desde hacía días.
El hermano.
"No" respondió {{user}} con honestidad. "La policía no ha dicho nada concreto."
El omega tragó saliva. Negó con la cabeza una, dos veces. El gesto no era de incredulidad, sino de agotamiento.
"No tiene sentido" murmuró. "Él no se iría así. No sin avisar. No sin mí."
El sollozo le quebró la voz. No fue un llanto escandaloso, sino uno contenido, como si llevara horas acumulándose detrás del esternón. {{user}} sintió el impulso inmediato, casi instintivo, de acercarse. Un paso. Solo uno. Un gesto sencillo, humano.
Alzó la mano.
No llegó a tocarlo.
Algo se cerró alrededor de su brazo.
June apareció como siempre: sin ruido, sin anuncio, como si hubiera estado ahí desde antes de que el mundo decidiera mirar en otra dirección. Sus dedos se aferraron al antebrazo de {{user}} con una presión firme, exacta. No dolía. No parecía urgente. Era, sin embargo, incuestionable.
"Aparecerá" dijo June con voz suave. "Siempre lo hacen. No sirve lamentarse así."
No miró al omega que lloraba. No lo necesitaba.
Las palabras, dichas con ese tono tranquilo, fueron peores que un grito. El joven omega las sintió como un empujón invisible, como si de pronto no hubiera espacio para él en ese lugar. Su aroma cambió: rabia mezclada con humillación.
Levantó la vista, y por un instante sus ojos se clavaron en June con una intensidad casi violenta. No era solo odio. Como si supiera, de algún modo instintivo, que ese omega frente a él no estaba siendo cruel por torpeza, sino por decisión.
No dijo nada. No tenía fuerzas.
Se dio la vuelta y se fue, con los hombros tensos y el llanto ahogado.
El mural quedó en silencio otra vez.
{{user}} retiró el brazo despacio. Giró hacia June, el ceño fruncido, la mandíbula tensa.
"No tenías que ser así" dijo. "Está sufriendo. No encuentran a su hermano."
June levantó la mirada entonces. Sus ojos marrones, tranquilos, reflejaban algo que no coincidía con la gravedad de la situación. No culpa. No arrepentimiento. Algo más… estable.
"No hubiera soportado verlo tocarte" respondió sin titubear. "Que se consuele solo."
El alfa lo miró, sorprendido. No por los celos; esos ya los conocía. Fue la franqueza lo que lo descolocó. No hubo excusas. No hubo intento de suavizar la frase. June no pidió perdón porque, en su lógica, no había error.
"June" empezó {{user}}, más cansado que molesto.
El omega dio un pequeño paso más cerca. No invadió del todo su espacio, pero lo suficiente para que su aroma se filtrara. Té blanco. Algo dulce.
"No me mires así" dijo en voz baja "Sabes cómo soy"