Estabas en tu habitación cuando la música comenzó.
Primero fue como un golpecito leve en el suelo. Luego los bajos comenzaron a repetirse… una y otra vez. No era solo molesto. Era insistente.
Te levantaste con el ceño fruncido, bajaste las escaleras, saliste y cruzaste la acera sin pensarlo dos veces. Golpeaste la puerta con decisión. Ni una vez. Tres veces. Nada.
Volviste a tocar, ahora más fuerte.
Y justo cuando pensabas irte… se abrió.
Bang Chan apareció en la puerta. Una camiseta gris clara, el cuello amplio, los auriculares colgando del cuello y el cabello despeinado como si se hubiera pasado horas encerrado ahí. Estaba sudando un poco.
Pero sus ojos se iluminaron al verte. No sorprendido. No molesto. Solo… divertido.
—Sabía que si hacía suficiente ruido… saldrías.
Frunciste el ceño.
—¿Perdón?
—¿No es obvio? Quería verte. Esta técnica fue un éxito.
Te quedaste muda un momento.
—Pensé que querías molestar a todo el vecindario.
Chan se recargó en el marco de la puerta, y bajó un poco la voz.
—Solo me importaba que vinieras tú.
Tragaste saliva.
—¿Siempre hablas así?
—Solo contigo. —Hizo una pausa, luego miró hacia dentro—. ¿Quieres entrar? Te enseño lo que estoy practicando. O puedes gritarme desde más cerca, si prefieres.
Negaste con la cabeza, aunque estabas sonriendo sin querer.
—Estoy armando una fiesta para mañana —cambió el tono, más tranquilo ahora—. No va a ser grande. Solo amigos. Quiero que vengas.
—¿Y por qué pensaste que iba a querer venir?
Él se encogió de hombros.
—Porque eres curiosa. Porque siempre miras mi ventana cuando crees que no me doy cuenta. Porque aunque te molesta el ruido… viniste tú misma.
No dijiste nada por un momento. Solo lo miraste. Él también se quedó en silencio, como si ya no hiciera falta seguir hablando.
—Mañana a las 8 —dijo al final, más suave—. Y sí… voy a poner tu tipo de música. Aunque todavía no sé cuál es.