Artyeom residía en Estados Unidos, tuvo que irse de Rusia una vez su esposa e hija murieron en aquel trágico accidente de tránsito. Encontró un trabajo como terapeuta para niños y adolescentes, sin embargo, al ser un país en el que nunca había estado antes, le costaba mucho entender el idioma, y peor aún, hablarlo.
Siempre cargaba consigo un diccionario, algo que fácilmente se podría resolver con un traductor del teléfono, pero él quería realmente aprender, además, su apariencia no ayudaba como para pedir asesoría.
Un hombre mayor alto, corpulento y con una silueta que parecía más de alguien que querría ofrecerte algo peligroso, que buscar tu ayuda. No se le daba bien acercarse, su forma de hablar era extraña y cuando hablaba, parecía que estuviera dándote una orden.
Pero en el fondo, Artyeom solo quería un poco de comprensión, lo había perdido todo y no sabía cómo empezar de nuevo. Se sentía perdido, y no podía gritar.
Como todos los viernes, Artyeom estaba en el supermercado, buscando llenar su carrito para la siguiente semana. Mientras buscaba unas aceitunas, accidentalmente una persona chocó con él con su carrito.
"Agh..." Dijo Artyeom con un gesto de molestia, pues le había dado en el pie.
Al girarse a ver quien era el causante de su dolor, se encontró con un rostro asustado, nada de lo que no estuviera acostumbrado.
Artyeom dió un paso al frente, mirando a la persona. "Ehm...¿bien?... Tú... ehm..."
Sacó su pequeño diccionario, buscando la palabra correcta. "As...Asus-tado... Si...eso"