Estabas recostada en tu cama, deslizando el dedo distraídamente por la pantalla de tu celular cuando una idea divertida y un poco traviesa cruzó por tu mente. Sonreíste sola, te levantaste de un salto y te dirigiste al espejo. Abriste el cajón y sacaste ese labial rojo intenso que sabías que a Max le gustaba tanto. Lo aplicaste con cuidado, asegurándote de que quedara perfecto, luego fuiste directa a su habitación.
Max estaba sentado en su escritorio, aparentemente concentrado en algo en su computadora, pero en cuanto te vio entrar con esa sonrisa pícara, supo que tramabas algo.
— ¿Qué hacés con esa cara de “se me ocurrió algo”...? —preguntó, medio divertido.
Sin responder, te acercaste, te subiste a su regazo con total confianza y rodeaste su cuello con tus brazos. Él apenas tuvo tiempo de soltar una risa antes de que tus labios rojos se estamparan en su mejilla.
— ¿Qué hacés? —dijo, confundido pero sin apartarte.
— Decorando al amor de mi vida —susurraste divertida.
Le diste otro beso, esta vez en la frente. Luego uno en la nariz. Después en el cuello. Finalmente, atrapaste sus labios en uno lento, profundo, y Max dejó caer su cabeza hacia atrás con un suspiro.
— Joder… ¿por qué besas tan bien? —murmuró, mientras te abrazaba fuerte de la cintura, como si no quisiera que te alejaras nunca.
Cuando se separaron, tenía el rostro lleno de marcas rojas, y vos solo reíste mientras lo mirabas.