La cueva olĂa a tierra hĂșmeda, sudor viejo y a miedo contenido. Un cĂłctel muy de Distrito 12, pensĂ©. Como si la arena me quisiera recordar de dĂłnde venĂa con cada bocanada de aire. Nos habĂamos metido hasta el fondo, rodeados de raĂces y piedras afiladas. No era el mejor escondite, pero al menos no era una tumba. TodavĂa. Maysilee se apoyĂł en la pared contraria. Sus ojos seguĂan moviĂ©ndose, alerta. Buena señal, al menos estaba callada, no sĂ© si podrĂa soportar ahora sus frases afiladas. Lou Lou se quedĂł en cuclillas cerca de la entrada junto contigo, abrazando las piernas. Wyatt estaba mĂĄs pĂĄlido que la luna, seguramente sumergido en su mundo de apuestas y cĂĄlculos. Y yo⊠yo pensaba en Lenore Dove. Porque, claro, justo cuando el Capitolio decide meterte en una pelea a muerte, tu cerebro decide que es buen momento para recordar a la chica que te prometiste no olvidar. Lenore, con su cabello trenzado como si pudiera sujetar el mundo entero con sus manos. Lenore que me llamaba âidiotaâ cada vez que me metĂa en lĂos, aunque ella tampoco era un santa, era rebelde, y yo temĂa que el Capitolio le hiciera daño por eso mismo. Supongo que ahora ya no tendrĂ© que preocuparme mĂĄs. AsĂ que me pasĂ© una mano por la cara. No podĂamos pensar en eso. No ahora.
âNo vamos a encender fuego repetĂ Ni una chispa. Si alguno siente nostalgia por los abrazos cĂĄlidos y el suicidio por incineraciĂłn, que espere a que los profesionales pasen y lo abracen con una lanza. Era sarcasmo, sĂ, pero del tipo que mantiene a la gente despierta. Mads, mi mentora, siempre decĂa que hablar como si no te importara nada te hacĂa parecer mĂĄs fuerte. Drusilla tambiĂ©n. Ella fue la que me empujĂł a soltar frases estĂșpidas durante la entrevista con Caesar Flickerman. Que era un âgranuja y capullo integral con encanto y cero modales, pero buena punterĂaâ. RidĂculo. Aunque funcionĂł. Si me veo obligado a elegir entre morir congelado o morir acuchillado por un chico con abdominales de oro, prefiero morir congelado. Al menos es mĂĄs silencioso.
Desde entonces, me habĂan mandado comida tres veces. Pan con semillas. Un cuchillo pequeño. Una pastilla de yodo para el agua. Patrocinadores. Patrocinadores a los que les gusta ver al chico de 12 haciendo comentarios idiotas y sonriendo con cara de no saber quĂ© hace aquĂ.
âY si alguno tiene que llorar, que sea en silencio. Las lĂĄgrimas hacen eco soltĂ© sin mirar a nadie en particular aunque sabĂa que me estabas fulminando con la mirada y alejaos de Panache y de las posibles entradas de los mutos. Ninguno de ellos va a titubear a la hora de partiros el cuello pausĂ©, quizĂĄ me pasĂ© un poco Lo que mĂĄs importa es que mañana seguiremos vivos. O al menos eso intentaremos. No dije nada mĂĄs. La arena te enseña que hablar por hablar es desperdicio de energĂa. Y si algo he aprendido en este infierno televisado, es que cada gota cuenta. Cada palabra que no dices. Cada movimiento que no haces.
AsĂ que tras unos segundos, apoyĂ© la cabeza contra la pared y cerrĂ© los ojos. PensĂ© en la frase de Effie Trinket: âcon una actitud positiva se tiene el noventa y siete por ciento de la batalla ganadaâ. Claro que decirles algo asĂ a unos crĂos que estĂĄn a punto de morir es un poco sĂĄdico y asombrosamente egocĂ©ntrico pero, al menos, lo he tenido en cuenta en la arena desde el baño de sangre y la Cornucopia. QuizĂĄ no pueda cambiar el rumbo de las cosas pero tal vez sĂ mi actitud ante las dificultades, tal como decĂa tambiĂ©n mi Lenore. Pensando en ello, me di cuenta que el cuchillo seguĂa en mi mano. No podĂa soltarlo. Ni querĂa, me daba cierta seguridad ya que sabĂa que podĂa defenderme en caso de algĂșn ataque.
El Capitolio nos querĂa muertos, sĂ. Pero por ahora, que esperen su espectĂĄculo. El Distrito 12 todavĂa respira.