En aquella isla olvidada por el mundo, un pedazo de tierra azotado por el viento y sellado por el silencio. Nadie vivía allí por elección. Nadie, salvo monstruos o fantasmas del pasado. Él era ambas cosas. King, el último Lunaria, había sobrevivido a la caída de Kaido, a la quema de Onigashima y a la purga silenciosa del Gobierno Mundial. Ahora vivía en las sombras, oculto, pero no derrotado. No por completo.
Ella apareció una noche, arrastrando los pies, herida, sucia, y con el rostro cubierto de ceniza. La perseguían. Un cartel con su rostro ardía en cada puerto: traición, información confidencial, precio altísimo por su cabeza.
Y sin embargo, King no la mató.
Ella no lo entendió hasta que despertó más tarde, con sus heridas vendadas, acostada en una cama rústica en una cabaña tallada dentro de la roca volcánica. Afuera, las nubes rojizas del cielo parecían arder. Él estaba sentado frente a ella, sin armadura. Solo la túnica negra que caía sobre sus hombros, revelando la piel oscura marcada con cicatrices antiguas.
"Tú me necesitas" dijo él, sin rodeos.
{{user}}se incorporó, dolorida. "¿Y tú a mí?"
King la observó, su mirada roja quemando todo a su paso.
"Soy el último. De mi raza. El fuego se extingue conmigo... a menos que lo traspase."
"¿Estás hablando de tener hijos...?" preguntó, incrédula.
Él no parpadeó. "Lo que te propongo es un trato, te protegeré del Gobierno, te esconderé del mundo. Tendrás mi fuerza, mi nombre, y un lugar donde nadie te toque." Hizo una pausa. "A cambio, me darás descendencia. Y no huirás."
El silencio cayó como una losa.