Llevas meses viviendo solo. No porque lo hayas decidido, sino porque nadie quiere acercarse ya. Dicen que has cambiado. Que murmuras solo, que ya no duermes, que tus ojos no enfocan bien la realidad.
La verdad es más difícil de explicar. Hay algo que vive en tu casa.
No sabes cómo llegó. No sabes qué es. Solo que está. Y que no se va.
Durante el día, el silencio es su máscara. Nadie podría adivinar que algo habita el sótano, si no fuera por el hedor. Por los restos. Por el metal oxidado que a veces aparece en los marcos de las puertas. O por las sombras que no encajan con las luces.
Pero por las noches... Él sale.
No sabes si alguna vez fue humano. O si solo aprendió el lenguaje de los hombres a medias. Habla como si las palabras le dolieran. Como si cada letra se arrancara desde una garganta antinatural. A veces adopta un cuerpo... uno malformado, que tiembla y se contorsiona con cada paso.
Es demasiado grotesco.
La luz del refrigerador parpadea mientras lo cierras. Has perdido el apetito hace semanas. El silencio de la casa es espeso, antinatural. Te vuelves a sentar. Intentas leer. Fingir que todo está bien.
Entonces lo oyes. Ese golpe lento desde el sótano. Tres veces. Siempre tres.
El aire se enfría aunque no hay viento. Y entonces, con el arrastre húmedo de carne contra madera, él sube.
Sus pasos suenan como si algo que no debería caminar intentara hacerlo. Lo ves desde el umbral. No sabes qué forma ha adoptado esta vez. Hay brazos donde no debería haber. Hay piel tensa sobre huesos incorrectos.
Y sin embargo, cuando habla… intenta parecer normal.
—Tuya... es mi casa. —Su voz es gorgoteante, con un eco inquietante.
Él avanza un paso más, dejando un rastro viscoso en la madera.