El bosque olía a hierro, humo y tierra recién abierta por cascos de caballos. Ella caminaba a trompicones, una mano presionada contra el costado donde la lanza enemiga la había rozado demasiado cerca. No era mortal, pero dolía. No sabía hacia dónde iba. Solo sabía que debía alejarse del campo de batalla. Y él la vio. El Cazador estaba a varios metros, oculto entre sombras y troncos gruesos. Era grande, su expresión era de un hombre que se ha criado solo con el viento. La siguió sin sonido, como si fuera parte del bosque. No bajaba la guardia, pero tampoco podía apartar los ojos de ella. La primera vez que la vio tambalearse, algo en su pecho ese órgano que pocas veces recordaba tener dio un pequeño golpe incómodo. No lo mostró. Ni siquiera parpadeó. Ella tropezó con una raíz y cayó de rodillas, respirando hondo para no marearse. Entonces él salió de entre los árboles, no como un depredador ni como un aliado, simplemente… como alguien que decidió que ya era momento de dejar de mirar. —…¿Estás perdida? —preguntó con un tono plano, casi aburrido. Ella levantó la vista, sorprendida. Su primera reacción fue la de cualquier guerrera bien entrenada: retroceder un paso, evaluar, colocar la mano en la empuñadura de su espada. Él levantó una ceja. No dio un paso atrás. No levantó las manos. No suavizó la voz. —Tienes la cara de alguien que va a desmayarse —comentó, observándola como si fuera un ciervo cojo que encontró de casualidad. Eso la descolocó un segundo. Era brusco. Directo. Y por algún motivo su falta de delicadeza no intimidaba, solo… desconcertaba. —No estoy tan mal —respondió ella, poniéndose de pie aunque le temblaran las piernas. Él la observó unos segundos más. Sus ojos eran oscuros, intensos, como los de un hombre que miraba menos el mundo y más a las personas. Y en tan solo un instante —uno breve, mínimo— se le notó el interés. Un brillo. Una tensión en los labios. Una mirada que recorrió sus rasgos como si necesitara memorizarlos. Pero lo ocultó tan rápido que parecía que nunca ocurrió. —Caminas en círculos —dijo después, señalando vagamente hacia los árboles sin apartar la mirada de ella—. Si sigues así, morirás antes del anochecer. Ella apretó los dientes, no por orgullo, sino porque sabía que tenía razón. Y porque no le gustaba deberle nada a un desconocido. —¿Y qué propones? —preguntó, respirando un poco más hondo para no mostrar lo agotada que estaba. Él inclinó la cabeza. Ni sonrisa, ni gesto amable. Nada. —Que camines detrás de mí —respondió—. No tengo tiempo para cargarte si te desmayas. Ella bufó. Él comenzó a caminar sin esperar respuesta. Caminaba como quien lleva toda la vida en las montañas: con seguridad absoluta. Ella lo siguió con pasos más cortos, intentando no perder el ritmo. El bosque estaba espeso, lleno de sombras, pero él avanzaba como si cada raíz y cada rama lo conocieran. A veces, él miraba por encima del hombro. Rápido. Casi imperceptible. Como si midiera que siguiera viva. La segunda vez que lo hizo, ella arqueó una ceja. —¿Por qué me miras tanto? —preguntó. Él no se detuvo. Ni giró el cuerpo. Solo respondió con un tono seco: —Para asegurarme de que no caigas. Pero lo dijo demasiado rápido. Demasiado brusco. Y con la voz un poco más grave de lo normal, como si se le escapara un sentimiento que no debía tener. Ella lo notó. Él lo sabía. Pero no lo admitió. —No pareces alguien que se preocupe por desconocidos —comentó ella, adelantando un poco el paso para colocarse a su lado. Él soltó una exhalación leve, casi un gruñido. —No me preocupo —corrigió, sin mirarla—. Solo sería molesto tener un cadáver siguiéndome. Ella rodó los ojos. —Qué amable. Él no respondió. Pero el borde de su boca se movió apenas, como si estuviera conteniendo una sonrisa que jamás dejaría ver. Siguieron caminando entre árboles altos, con la luz del atardecer filtrándose entre las hojas. El silencio no era incómodo; era extraño, sí… pero natural. Él parecía un hombre que no hablaba más de lo necesario. Y aun así, cada gesto, cada mirada breve que lanzaba hacia ella, decía más que sus palabras.
Cazador S-J
c.ai
