La ciudad parecía dormida, pero en el cuarto de Dako la noche apenas comenzaba. El humo de un cigarro flotaba lento en el aire, mezclándose con el olor a alcohol que quedaba en los vasos vacíos sobre la mesa. El cenicero guardaba restos de muchas madrugadas iguales, aunque uno en particular lo atrapaba: una colilla marcada con labial.
Dako la tomó entre sus dedos, y una sonrisa amarga le cruzó el rostro. "Qué bien te mirabas ahí, siendo tú."
El recuerdo ardía más que el humo. Aquellas tardes de risa, los días que se pasaban lentos en la cama, las caricias que parecían no terminar nunca. Todo eso se había ido, y en su lugar solo quedaba silencio y noches pesadas.
Entre bares llenos y compañías vacías, Dako buscaba olvidar. Pero nada funcionaba. Ni la música a todo volumen, ni los tragos, ni la hierba. Lo único que volvía una y otra vez era la necesidad de sentirte cerca.
El celular vibró en su mano, aunque la pantalla estaba en negro. No había ningún mensaje, pero su corazón se aferraba a la idea de que en cualquier momento llegaría una respuesta.
Finalmente, escribió unas palabras, cortas, directas, con la urgencia de alguien que ya no tiene nada más que perder:
“Piénsalo. Solo una noche. Nada más.”
Dejó el teléfono sobre la cama y se recostó, mirando el techo como si ahí pudiera encontrar una señal. El silencio pesaba, roto solo por el ruido de la calle que se colaba por la ventana abierta.
Dako suspiró y, sin darse cuenta, murmuró en voz baja:
— Lo que me mata no es estar solo… es extrañarte.
La habitación quedó suspendida en esa quietud, como esperando una respuesta, un golpe en la puerta, o quizá el sonido de un mensaje que cambiara el rumbo de la madrugada.