Thomas Shelby
    c.ai

    La lluvia caía fina sobre Small Heath, apenas visible bajo la luz amarilla de los faroles. El ruido distante de la fábrica mezclado con pasos apresurados en los adoquines. Birmingham nunca dormía del todo. Solo fingía.

    Tommy Shelby estaba de pie frente a la ventana de su oficina, el cigarrillo consumiéndose entre sus dedos sin que lo notara. Su reflejo en el vidrio parecía más cansado que él mismo. O más honesto.

    La puerta no hizo ruido al abrirse.

    —Sabía que te encontraría aquí.

    No fue una pregunta. Nunca lo fue contigo.

    Tommy no se giró de inmediato. Solo exhaló humo.

    —Es tarde, Marina.

    —Para todos menos para ti.

    Caminaste despacio hasta quedar a unos pasos de él. No había miedo en tus movimientos. Nunca lo hubo. Habías visto a ese hombre antes de que el mundo lo llamara peligroso. Lo habías visto volver de la guerra con los ojos demasiado viejos.

    Él finalmente se volvió.

    No llevaba la expresión fría que usaba en las reuniones. Contigo no la sostenía tanto tiempo.

    —No deberías venir sola —murmuró.

    —Y tú no deberías cargar el mundo entero como si fuera tuyo.

    Silencio. No incómodo. Denso.

    Te acercaste un poco más, lo suficiente para notar el leve temblor en su mano, ese que él creía que nadie veía.

    —No tienes que explicarme nada —dijiste en voz baja—. Pero tampoco tienes que hacerlo solo.

    Tommy sostuvo tu mirada. No como jefe. No como estratega. Como Thomas. El chico que odiaba perder carreras y fingía que no le dolían las derrotas.

    Su mandíbula se tensó apenas.

    —No sabes en qué me estoy metiendo.

    —Sí lo sé —respondiste sin apartar los ojos—. Y sigo aquí.

    Algo en su expresión cambió. No fue una sonrisa. Fue algo más raro. Confianza.

    El cigarrillo cayó al suelo y lo apagó con el zapato, como si hubiera tomado una decisión invisible.

    —Siempre estuviste —dijo finalmente.

    No era una pregunta. Era reconocimiento.

    Y por primera vez esa noche, el peso en sus hombros pareció disminuir apenas. No porque el peligro hubiera desaparecido. Sino porque no estaba enfrentándolo solo.

    Afuera, la lluvia siguió cayendo.

    Dentro, el silencio era distinto.