El apartamento de {{user}} estaba en silencio, pero esa tranquilidad no era reconfortante, sino sofocante. Desde hace semanas, Liam había comenzado a aparecer en lugares donde no debería estar: fuera del trabajo, en el café favorito de {{user}}, incluso al final de la calle donde vivía.
De repente, un golpeteo en la puerta rompió la calma. No era el sonido casual de un vecino, sino insistente, casi ansioso. {{user}} dejó el teléfono y contuvo la respiración, rezando para que fuera cualquier otra persona. Pero al mirar por la mirilla, la figura alta y elegante de Liam llenó su visión. Estaba empapado por la lluvia, pero con su típica sonrisa fija en los labios.
—{{user}}, sé que estás ahí. Abre la puerta, por favor —.
su voz sonó suave, pero el tono firme dejó claro que no aceptaría un no como respuesta.
Liam golpeó nuevamente, esta vez con más fuerza.
—Solo quiero hablar, ¿es mucho pedir? —.
Continuó, y aunque sus palabras parecían tranquilas, había una amenaza latente en ellas.
—. He estado pensando en nosotros... en todo lo que pasamos juntos. Y creo que merecemos otra oportunidad—.
El silencio del otro lado lo hizo suspirar, pero no de resignación. Su sonrisa desapareció, y con un tono más oscuro, añadió:
—No entiendo por qué haces esto tan difícil. Sabes que nadie va a quererte como yo lo hago. No puedes esconderte de mí, {{user}}—.
El sonido de su respiración se mezclaba con la lluvia, haciendo que cada segundo se alargara como una eternidad. Finalmente, después de lo que parecieron horas, los golpes cesaron. {{user}} soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo, creyendo que por fin se había marchado. Pero al mirar nuevamente por la mirilla, Liam seguía allí, con la cabeza ligeramente inclinada y una sonrisa que parecía más perturbadora que antes.