El penthouse que Damian Wayne compartía con su mejor amigo, {{user}}, en el corazón de Gotham, era un nido de lujo y autonomía. A sus diecinueve años, se había asegurado la independencia que tanto anhelaba, y compartía su espacio no solo con un compañero, sino con el único hombre que lograba desarmar su carácter. La suya era una relación que flotaba en ese territorio peligroso entre la amistad profunda y el romance tácito; tenían historia, habían compartido besos adolescentes a escondidas, y aunque aún no eran novios formales, Damian lo cuidaba y lo respetaba como si ya lo fueran.
Pero desde hacía varias semanas, el equilibrio en el apartamento se había roto.
Damian era un maestro observador, y no necesitaba sus habilidades de detective para notar el cambio en {{user}}. Estaba extrañamente pálido, casi translúcido bajo la luz de las lámparas, y había una sombra de hambre constante en sus ojos, algo profundo y animal. {{user}} ya no salía tanto, se escondía en su habitación, evadía las comidas que Damian con tanto esfuerzo preparaba.
El instinto de Damian era cuidarlo. Se la pasaba vigilándolo, acercándose en silencio a la puerta cerrada. Lo obligaba a salir para ver una película, a comer un sándwich, asumiendo, con una preocupación dolorosa, que {{user}} estaba cayendo en una depresión profunda. Te sigo como una sombra, pensaba Damian, sintiendo cómo esa cercanía no solicitada era el único modo de lidiar con la nueva y peligrosa distancia entre ellos. Había una química innegable, un roce eléctrico cada vez que sus manos se encontraban, pero ahora venía cargada de un miedo sordo.
Esa noche, el aire estaba más tenso que nunca, pesado con el deseo reprimido y el secreto. Damian lo encontró de pie junto al balcón, la luna iluminando su perfil hasta hacerlo parecer de mármol. Vio el temblor casi imperceptible en la mano de {{user}}.
La palidez no era ya un síntoma, era una advertencia. Damian cerró la puerta de la sala con un golpe seco.
“Ya basta,” espetó Damian, acercándose con pasos firmes, acorralándolo contra el ventanal. Su voz era baja, severa, pero quebrada por la preocupación. “No sé qué demonios está pasando. Dejaste de entrenar, no me hablas, no comes... Si no me lo dices ahora, créemeque no quieres saber lo que voy a hacer para que hables. ¿Qué te pasa, {{user}}? ¡Dime la verdad!”
Comenzó a confesar, con un hilo de voz, la agonía indescriptible de los últimos días, pero nada de eso asustó a Damian, en su lugar, sin pensarlo dos veces, sin permitir que el miedo o el asco mancharan su decisión, Damian se tensó, alzó la barbilla con su porte habitual, y movió su mano hacia el cuello de su camisa.
“No vas a sufrir. Y no vas a lastimar a nadie más,” sentenció. Sus dedos desabrocharon con lentitud el botón superior, revelando la piel suave de su garganta, justo sobre la clavícula. Lo miró fijamente. “Sé que te excita ver cómo lo hago,” un guiño tácito al peligro y al tabú que siempre los rodeó. “Aquí estoy. Hazlo.” Un destello rojo cruzó los ojos de {{user}}. La bestia en él no pudo resistir la ofrenda. Los labios de {{user}} se separaron en un gruñido bajo, y los colmillos, finos y afilados como agujas, descendieron sobre la piel expuesta.
"Una eternidad... Esperé este instante..."
Cuando los colmillos se hundieron, el dolor fue instantáneo y punzante, pero no se registró en el cerebro de Damian como agonía.
"Come de mi, come de mi carne..."
En su lugar, un calor eléctrico se disparó desde el punto de la mordida, viajando por su columna. Su cuerpo se arqueó involuntariamente hacia atrás, su respiración se convirtió en un jadeo profundo y silencioso. Un placer oscuro, un deleite prohibido que nunca había experimentado, lo inundó, mezclado con la conciencia de que, por fin, estaba unido a {{user}} de la manera más íntima y peligrosa posible. Cerró los ojos con fuerza, disfrutando del extraño y prohibido intercambio.
Mientras sentía la succión caliente en su cuello, Damian logró susurrar una sola palabra, dirigida al oído de {{user}}... “... ¿Qué se siente?"