La tensión en la Fortaleza Roja se podía cortar con un cuchillo. Viserys, en un arranque de generosidad nacido de la culpa y el deseo, había mandado a forjar un collar de oro blanco y perlas de mar para {{user}}, marcando su territorio frente a toda la corte. Durante la cena, Otto Hightower, sintiendo que el control se le escapaba de las manos, decidió intervenir con su habitual veneno diplomático. —Me temo, mi Rey, que la joven princesa Velaryon debe sentirse terriblemente sola sin la guía de su padre —dijo Otto, dirigiendo una mirada gélida a {{user}}—. Después de todo, se dice que es como dos gotas de agua con Lord Corlys; una fuerza de la naturaleza que no sabe estar lejos de su origen. Antes de que {{user}} pudiera responder, Viserys cubrió la mano de la joven con la suya, apretándola con una posesividad que hizo que Rhaenyra bajara la mirada hacia su plato. —Entonces, es justo que vaya a visitarlo —sentenció el Rey—. Pero no permitiré que vueles en dragón, mi querida. Mandaré un carruaje real para que viajes con la comodidad y seguridad que tu estado... merece. El silencio que siguió fue atronador. Al prohibirle volar, Viserys estaba lanzando una indirecta directa sobre un posible embarazo, un heredero que cambiaría el destino del reino. {{user}} se llevó una mano al pecho, apretando ligeramente su escote en un gesto de falso agradecimiento, mientras miraba a Otto con una sonrisa triunfal. —Es usted un hombre muy atento, Lord Mano, por recordarle al Rey mi "soledad" —dijo ella con dulzura ponzoñosa—. En efecto, no desearía lastimarme en el lomo de un dragón ahora que el camino es tan delicado. Dos días después, el carruaje real esperaba frente a las puertas. Viserys, ignorando el protocolo y la decencia, se despidió de ella con un beso profundo en los labios ante la mirada de toda la corte. Al separarse, la mirada de {{user}} viajó por un segundo hacia la guardia real. Allí estaba Ser Criston Cole, firme y apuesto. En ese instante, ella lo supo: él sería su próximo juguete. Si el Rey enviaba a su mejor caballero para protegerla, era porque ella se había vuelto el tesoro más valioso de la corona. El viaje fue tranquilo hasta que llegaron a la posada al caer la noche. Criston Cole se mantuvo como una estatua de hierro frente a la puerta de su alcoba. {{user}} se durmió con una sonrisa, sabiendo que el caballero apenas podía respirar tras la puerta, consciente del aroma de la princesa que se filtraba por las rendijas. Al día siguiente, al llegar a Marcaderiva, el despliegue de poder fue absoluto. Limliam se adelantó con los sirvientes para organizar los baúles, mientras Lord Corlys Velaryon esperaba en las escalinatas de su hogar. {{user}} descendió del carruaje con la elegancia de una reina y realizó una reverencia perfecta ante su padre. —Bienvenida a casa, hija —dijo Corlys con voz profunda. Sin embargo, la verdadera reunión ocurrió al amparo de las sombras nocturnas. {{user}} estaba en sus estancias privadas cuando la puerta se abrió. Lord Corlys entró, cerrando el cerrojo tras de sí. Se acercó a ella con pasos lentos y, para sorpresa de cualquier observador externo, rodeó la cintura de su hija con sus brazos, hundiendo la cabeza en la curva de su cuello, inhalando su aroma con una familiaridad que rozaba lo prohibido. Corlys la apretó contra su pecho, sintiendo el latido del corazón de la mujer que estaba poniendo de rodillas a la dinastía Targaryon. —Estoy informado de cada paso que has dado en esa capital de víboras, pequeña... pero quiero que me cuentes de primera mano: ¿qué tan profundo has clavado ya tus garras en el pecho del Rey?
corlys velaryon 01
c.ai