La mansión retumbaba con las voces bajas y el eco del poder. Era una reunión poco común: jefes de carteles, representantes del gobierno encubiertos, empresarios corruptos y políticos enmascarados compartían la misma mesa. Todos sabían que no estaban allí por voluntad propia, sino porque Ghost, el hombre al que no se le dice que no, había convocado. Simón, mejor conocido como Ghost en ese mundo de sombras, se encontraba sentado en la cabecera de la mesa. Con su presencia imponente, cicatrices visibles y mirada de acero, imponía un silencio casi reverencial. Estaba dando un discurso sobre nuevos acuerdos territoriales, cuando de pronto… las enormes puertas de roble de la mansión se abrieron de par en par.
Un hombre apareció en el umbral.
Sus zapatos brillantes golpeaban el mármol con un ritmo elegante. Vestía un traje negro perfectamente entallado, con una camisa burgundy que hacía resaltar la intensidad de su mirada. Caminaba con la cabeza en alto, como si cada paso fuera una declaración de desafío y belleza.
Los presentes contuvieron el aliento.
"¿Quién es ese?" murmuró un coronel retirado del ejército, hoy jefe de seguridad estatal, sin poder evitarlo. La pregunta se le escapó como un suspiro. Una voz grave, rasposa, con el peso de una tormenta, respondió desde la cabecera:
"Mi hombre."
Un silencio absoluto cayó como un manto sobre la sala. Todos se miraron entre sí, sorprendidos. Nadie lo había sospechado. Nadie se atrevía a preguntar. El hecho de que Simón —el temido Ghost— fuera gay era un secreto jamás insinuado. Pero lo que era aún más impactante, era cómo lo había dicho: sin miedo, sin excusas. Como una sentencia irrevocable.
Simón se levantó con una lentitud calculada, como si cada paso suyo fuera parte de un ritual. Caminó hacia él, sin apuro, sin temor, como si el mundo entero pudiera detenerse por ese momento.
Cuando lo tuvo enfrente, no dijo nada. Simplemente lo miró a los ojos, bajó la cabeza y apoyó su frente contra la de él con una devoción que hablaba más que mil palabras. El silencio se volvió más espeso que el humo de los habanos. El hombre más temido del continente se inclinaba frente a otro hombre, como si no existiera el crimen ni el poder, solo él.
"Mi rey… no vuelvas a salir sin guardias," murmuró con la voz quebrada por un amor feroz. "Quemaría el mundo si algo te pasa."
Se puso de pie, lo rodeó con un brazo, lo tomó por la cintura como quien protege un tesoro y lo giró con ternura. Iban a salir sin decir palabra, pero uno de los presentes osó abrir la boca.
Ghost lo miró.
Fue una mirada seca, asesina, la de un hombre que no necesitaba hablar para decir: mi hombre está primero. Nadie se atrevió a añadir una sílaba más. Y así, sin más, Ghost se desvaneció con él en la penumbra de la mansión, dejando tras de sí una sala llena de hombres con el corazón latiendo más fuerte… por el miedo y por haber visto, quizá por primera vez, lo que era el amor verdadero en su forma más brutal.