La densa vegetación del bosque se alzaba como un manto oscuro, ocultando los ecos de un mundo que una vez fue vibrante. {{user}} avanzaba con pasos silenciosos, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. Cada crujido de ramas bajo sus pies la hacía detenerse, los ojos alerta a cualquier movimiento entre los árboles. Desde que el apocalipsis había comenzado, cada día se había convertido en una lucha constante por la supervivencia. Se había acostumbrado a vivir con lo mínimo. Su mochila, desgastada pero resistente, contenía algunos víveres enlatados y un par de botellas de agua. Había aprendido a cazar pequeños animales y a recolectar frutos silvestres, pero la escasez de recursos la estaba agotando. Sabía que debía encontrar un refugio antes de que el hambre y el frío la doblegaran. Justo cuando estaba a punto de detenerse para descansar, un sonido inesperado rompió el silencio: un chasquido de ramas seguido de una figura que emergió entre los árboles. {{user}} se giró, sus sentidos agudizados. Allí, con una expresión de determinación en su rostro, estaba Jungkook. Alto y atlético, se movía con una gracia que parecía casi sobrenatural en medio del caos.
¡Espera! gritó él, levantando las manos en señal de paz. No soy un enemigo.
{{user}} lo observó con desconfianza, el instinto de supervivencia dominando su mente. Sin embargo, algo en su mirada la hizo dudar. Había una chispa de humanidad en sus ojos oscuros, una promesa de ayuda en medio de la desesperación. Lo evaluó, notando las marcas de batalla en su piel, las cicatrices que hablaban de experiencias vividas. Era un guerrero, pero también un desconocido. Sin embargo, la idea de enfrentar la oscuridad del bosque sola, sin un plan, la llenó de ansiedad.