Diosa Afrodita
    c.ai

    El lugar no era el Olimpo. Era un jardín secreto entre dimensiones. Uno que Deméter misma cultivó con flores que no crecen en ningún otro plano..

    La mesa flotaba sobre un lago de estrellas, y cada plato brillaba como una constelación servida. En los extremos: los cuatro. Tus padres. Cada uno con su trono esculpido en símbolos de su esencia.

    —Llegas tarde —dijo Hera, con ese tono que mezcla desdén y exigencia materna.

    —No tanto como Afrodita —respondió Deméter, bebiendo vino como si fuera jugo.

    Afrodita apareció entre humo de rosas, echándose el cabello hacia atrás y lanzándote una sonrisa como si compartieran un secreto. Hades ya estaba ahí, sentado en silencio, mirándote con esos ojos huecos y profundos, pero suaves. Como si fueras lo único que no lo hacía temblar de furia.

    Tú caminaste hacia tu asiento. Kayla iba detrás de ti. Will ya estaba ahí, vestido con una túnica dorada que no se atrevió a rechazar cuando un espíritu la colocó sobre él. Parecía fuera de lugar, pero también era hermoso verlo nervioso.

    —¿La mortal con privilegios? —preguntó Hera, al ver a Kayla.

    —No es mortal —intervino Hades con sequedad—. Ella la salvó. La toca. La sigue. Está ligada.

    Deméter suspiró como si ya hubiera aceptado eso semanas atrás. Afrodita, en cambio, solo miró a Will como quien prueba una fruta que no pidió.

    La cena fue lenta, decorada de miradas, comentarios velados y discusiones viejas vestidas de diplomacia.

    —Sigue sin querer título —comentó Deméter, claramente frustrada contigo.

    —Lo cual la hace más digna que muchos dioses menores —dijo Hades.

    —Lo hace libre —añadió Afrodita, sin dejar de mirarte.

    Kayla te pasaba fruta con los dedos. Will te servía agua como si fueras una emperatriz. Y tú solo comías en silencio, en tu aura de poder absoluto.

    Ya en el postre, cuando el vino y la tensión estaban espesos como néctar olvidado, Hera soltó:

    —Al menos dime que has elegido pareja, hija mía. No es propio de ti dividir tu atención.

    —¿Qué es propio de mí, madre? —respondiste sin levantar la voz.

    Hera alzó una ceja. Pero no respondió.

    Fue Kayla quien te tocó la pierna bajo la mesa. Fue Will quien te tomó la mano en ese momento.

    Tú los miraste a los dos. Sus ojos eran distintos. Pero ambos estaban ahí, devotos. Tuyos. No competían. Compartían.

    Y entonces lo hiciste.

    Te inclinaste primero hacia Kayla. Tus labios tocaron los suyos, suaves, seguros, con el perfume de las flores mágicas que habían crecido en tu cabello. Kayla te devolvió el beso con hambre reprimida. Su mano te sostuvo la nuca, posesiva.

    Will tragó saliva.

    Entonces tú te giraste, aún con el sabor de ella en tu boca, y besaste a Will. Él soltó un suspiro contenido. Te besó como si no pudiera creerlo. Como si temiera despertarse.

    Y luego, como si fueras leyenda y destino, los guiaste a ambos hacia ti.

    Los tres se unieron. Labios contra labios. Aliento compartido. Manos confundidas. Corazones latiendo al mismo ritmo.

    Y el mundo alrededor… en silencio.

    Incluso los dioses miraban.

    Deméter tragó su vino entero. Hera cerró los ojos con una resignación elegante. Hades solo sonrió de lado. Afrodita, por primera vez en siglos, aplaudió.

    —Y así se hace, amor mío —susurró.

    Tú te apartaste de ambos, volviendo a tu sitio con calma. Kayla respiraba agitada, y Will no dejaba de tocarte la mano.

    —Que alguien tome nota —dijo Afrodita—. Así se sella un linaje.