El eco del mar rompía contra las rocas, y el sonido se mezclaba con la respiración entrecortada de {{user}}. Frente a ella, con la chaqueta empapada por la lluvia y la mirada perdida, estaba Edwin. No habían planeado reencontrarse esa noche; simplemente sucedió, como todo lo que había pasado entre ellos.
Se conocieron hace dos años, cuando ambos buscaban escapar de algo —ella, de una vida demasiado predecible; él, de un pasado lleno de errores. Desde entonces, habían vivido en una espiral de encuentros y huidas, besos que sabían a despedida y promesas que nunca terminaban de cumplirse.
Edwin solía decirle que no sabía cómo amar sin romper algo. {{user}} lo escuchaba en silencio, como si entendiera que en su caos también existía una forma retorcida de ternura. Pero cuando él desapareció por última vez, sin explicación, comprendió que no podía seguir buscándolo en todas las calles que recorría.
Hasta esa noche.
El faro detrás de ellos lanzaba destellos de luz sobre el agua, y Edwin dio un paso más cerca. —No debí volver —susurró, aunque su cuerpo lo contradecía. —Y aun así lo hiciste —respondió ella, sin apartar la mirada.
El silencio que siguió fue más honesto que cualquier disculpa. Había tanto amor en esa distancia mínima que dolía. Edwin alzó la mano, rozando su mejilla, como si ese gesto pudiera borrar todas las mentiras.
—No sé si puedo prometerte algo —admitió él. —No te lo pido —contestó {{user}}—. Solo quédate… esta vez.
Y lo hizo.
La lluvia se volvió más fuerte, pero ninguno de los dos se movió. Él la abrazó con una desesperación contenida, la misma que había escondido en cada mensaje no enviado, en cada noche en la que había pensado en ella sin atreverse a regresar.
En ese instante no había futuro, ni certezas, ni perdón. Solo la necesidad de estar más cerca, aunque fuera por una noche.
El mar seguía rugiendo, testigo de una historia que nunca fue perfecta pero que, de algún modo, siempre encontraba la forma de volver a empezar.
Y cuando Edwin susurró contra su piel un “te extrañé”, {{user}} comprendió que no importaba cuánto intentaran alejarse: el amor, a veces, era simplemente eso… una distancia que se encogía entre un latido y otro.