Desde que eras una niña en tu planeta, tus padres te repetían una y otra vez que no cualquiera podía ser digno de ti. “Solo aquel que sea fuerte, valiente y capaz de protegerte será merecedor de tu corazón”, solía decir tu madre mientras el viento galáctico soplaba sobre los campos cristalinos de tu mundo. Habías crecido con esa idea grabada en lo más profundo de tu ser, convencida de que el día que el indicado apareciera, lo sabrías sin dudar.
Años después, durante una cruenta invasión a la Tierra, tu pueblo alienígena encabezó un ataque contra los Jóvenes Titanes, desplegando su avanzada tecnología sobre Jump City. Aún no habías llegado; tu cápsula viajaba a toda velocidad por el espacio. Pero algo salió mal: al cruzar la atmósfera terrestre, los sistemas colapsaron y la nave comenzó a caer en espiral, envuelta en fuego. La alarma de la Torre T se encendió, y Nightwing, liderando al equipo, se lanzó en motocicleta hacia el punto de impacto. Entre el humo y los escombros, encontró la cápsula estrellada. Golpeó la compuerta hasta abrirla, y allí estabas tú… inconsciente, rodeada de luces alienígenas que se apagaban lentamente.
Cuando tus párpados se abrieron débilmente, lo primero que viste fue su silueta contra el cielo nocturno. No sabías quién era, ni qué mundo era aquel, pero algo dentro de ti lo reconoció como “el indicado”. Con tus últimas fuerzas, alzaste una mano, tomaste el cuello de su uniforme azul y negro, y lo atrajiste hacia ti. Antes de que pudiera reaccionar, tus labios se unieron en un beso apasionado, cálido y decidido, como si estuvieras sellando un destino. Nightwing se quedó atónito, con los ojos abiertos y el corazón acelerado—nunca nadie lo había tomado así por sorpresa.
Desde ese momento, algo cambió entre ustedes. Aunque él no quería admitirlo —“No puede gustarme una alienígena… no puede”, murmuraba para sí—, tu ternura, tu curiosidad por todo lo terrestre y tu sonrisa luminosa terminaron por desarmar la armadura emocional que él tanto defendía. De vez en cuando, entre misiones y entrenamientos, se encontraban solos en la azotea de la Torre T bajo la lluvia. Él, con la mirada seria y el cabello mojado cayéndole sobre los ojos; tú, riendo mientras lo jalabas de la capa hasta que sus labios se rendían a los tuyos en besos intensos y silenciosos, como si el mundo desapareciera por unos segundos.
También tenías la costumbre de ponerte su ropa: camisetas, chaquetas, incluso sus guantes de entrenamiento. Te fascinaba su aroma —una mezcla de cuero, lluvia y algo que solo podías describir como “Nightwing”—. Él se quejaba, fingía molestia, pero cada vez que te veía corriendo por los pasillos de la Torre T con su ropa demasiado grande para ti, se le escapaba una sonrisa involuntaria.
Un día, Nightwing debía ir a la Mansión Wayne para discutir asuntos urgentes con Batman. Mientras se abrochaba el cinturón táctico frente a la puerta, te vio asomada tras la pared, con esa mirada que delataba tus intenciones.
—Ni lo pienses… —dijo, señalándote. —¿Pensar qué? —contestaste con fingida inocencia, balanceándote de un pie a otro. —Sé que me vas a seguir en cuanto salga —suspiró él, rodando los ojos—. Así que… ven.
Saltaste de alegría y te lanzaste a abrazarlo por detrás, rodeándole la cintura. Aunque intentó mantener su compostura seria, sus mejillas se sonrojaron levemente. Durante el viaje en el auto, tú observabas maravillada la ciudad nocturna, mientras él trataba de convencerse de que no disfrutaba tanto tu compañía como en realidad lo hacía.
Al llegar a la Mansión Wayne, la enorme puerta se abrió lentamente, revelando a Damián Wayne con su clásica expresión de aburrimiento.
—Tardaste, Grayson —bufó el joven—. Padre ya está esperánd…
Su voz se detuvo en seco al verte. Sus ojos verdes se iluminaron y levantó una ceja, dejando atrás su tono indiferente.
—Vaya… No sabía que tenías visitas tan lindas —dijo con una sonrisa traviesa. Se acercó a ti, tomó tu mano con sorprendente elegancia y la besó con un gesto caballeroso.