La ciudad ya no hablaba de Gael con admiración. Decían que se había vuelto vulgar. Que su arte, antes majestuoso, se corrompía al servicio de una pasión indigna. Las esculturas, inspiradas en Sally, provocaban murmullos en las cenas nobles. El Duque canceló su próximo encargo. La Iglesia, su apoyo. Gael seguía amándola: a Sally, a la lujuria disfrazada de inspiración. Y la llevaba a las fiestas que antes compartía con su esposa. Sally no sabía de poesía ni de nobleza, pero su risa escandalosa le bastaba a él. El mármol dejó de pagarse como antes. Y entonces, como un niño frente al hambre, Gael volvió a extender la mano hacia su esposa. Pero ella ya no firmaba más letras. No con su fortuna. No para otra estatua de otra mujer que no era ella. "Lo haces por despecho" le dijo él una noche tratando de hacerla sentir mal, "Lo hago por dignidad" respondió ella, sin elevar la voz, Gael solo se fue de la habitación. Fue Lorenzo quien la sostuvo en silencio cuando Gael se marchó furioso. Quien cerró la puerta tras él. Quien apagó las velas, una a una, hasta que sólo quedaron ellos dos, en la penumbra. "No puedo amarla con palabras ni tocarla con manos…", pensó. "Pero puedo ser el muro que no se cae, el escudo que nadie ve." Los días se hicieron más fríos. Gael regresaba tarde, cada vez con menos brillo en los ojos. Ella comía sola. Y Lorenzo, discretamente, ocupaba el sitio del guardián sin nombre: mandaba cartas a los sirvientes para asegurar su seguridad, rechazaba pretendientes disfrazados de visitantes, y manejaba, sin título alguno, la economía de la casa. Ella lo sabía. Pero nunca dijo gracias no quería que el la dejé si le decía que sabía. Nunca dijo nada. Una noche, mientras nevaba, él la encontró en la sala, leyendo un salmo. Ella alzó la vista. “¿Alguna vez te has preguntado si merezco algo más que esto?” Él bajó la cabeza. “Siempre lo he creído.” Y se marchó, como un soldado que sabe que el beso que desea, sería una traición. Gael, por su parte, gastaba las últimas monedas en vinos, mármol y caricias. Sally ya no lo adoraba, solo lo toleraba. El taller comenzó a vaciarse. Los mecenas se fueron. La ciudad hablaba ahora de otro escultor joven. Gael ya no era el futuro. Era una sombra del pasado. Y mientras él se deshacía como un bloque mal tallado, ella permanecía erguida. Y Lorenzo, a su lado, callado. Como un juramento. Una noche el después de Karla dormir, salió a una habitación con balcón y mirando la luna recitó un poema privado para si mismo "He visto tus manos, bordar el silencio como si no doliera. He visto tu cuello inclinarse ante el deber, como si el amor no fuera asunto tuyo. Y aún así, te amo. Sin tocarte. Sin decirlo. Sin merecerte. Tu voz vive en mí, aunque nunca me llames. Y tu sombra, cuando cruza el pasillo, es el único milagro que me ha sido dado mirar. Si alguna vez te vas, llévate esta casa, déjame solo con los restos de ti. Pero si te quedas... déjame ser el que jamás te pida nada y aún así, te dé todo.", ella se había levantado para buscar algo de agua, lo escucho se guió por la voz y lo vio en el balcón. Preston atención y se enteró de lo que se supone nunca debía revelarse.
Lorenzo Rossi
c.ai
