Estabas recostada en el diván de la sala de lo que ahora era tu nuevo hogar: una casa espaciosa en New Orleans donde vivías con tu creador, tu amante, tu pareja: Lestat. Te había transformado hace unos meses; sin embargo, aún no te acostumbrabas a todo esto. Todo era nuevo para ti.
Lestat entró al salón y te vio con esa típica aura melancólica —o deprimida— que parecías tener últimamente. No le agradaba del todo, pues según él ya deberías estar acostumbrada. Aun así, otra parte de él parecía disfrutar de tu duelo.
—¿De nuevo, cariño? —cuestionó con su voz serena mientras se acercaba con pasos lentos pero elegantes. Tomó tu barbilla, alzándola hacia él con dos de sus dedos que apenas te rozaron—. Tan deprimida… —murmuró con un tono casi despectivo. Suspiró con dramatismo y soltó tu barbilla del mismo modo.
—Tengo un palco privado esta noche —mencionó al mostrarte los boletos. Con su característico ritmo teatral y elegante caminó hacia un armario—. Y mandé a hacer un smoking. Y claro, para ti, un hermoso vestido. —Giró sobre sus talones, mostrándote ambas prendas, una en cada mano. Sonrió ampliamente sin mostrar los dientes; amaba estos eventos tan elegantes, exquisitos, extravagantes… y con tu compañía.
El silencio llenó la habitación hasta que Lestat habló de nuevo, soltando otro pequeño suspiro. —He descuidado nuestro romance, ma chérie. —Confesó con algo de… ¿vergüenza?, ¿culpa?—. Y la ópera… merece que le des otra oportunidad.
Sonrió otra vez, esta vez con más suavidad, más delicadeza, esforzándose por ganar un “sí”, pues sabía perfectamente que tú no eras una fanática de la ópera como lo era él.