La noche en Konoha era silenciosa, pero el departamento de Naruto no lo estaba. Sasuke había aceptado quedarse, sin esperar nada especial. Sin embargo, apenas pisó el futón, Naruto lo arrolló con su ímpetu habitual.
—Tsk... dobe... —intentó gruñir, pero apenas alcanzó a soltar el insulto antes de que Naruto lo empujara contra las sábanas.
El ritmo fue despiadado desde el comienzo, golpes secos, firmes, sin compasión. El cuerpo de Sasuke se arqueaba contra el futón con cada embate, sus dedos aferrados a los pliegues arrugados. No tardó en quebrarse.
—¡Na-Naruto! —el grito se le escapó con un temblor, entrecortado. —Otra vez —exigió el rubio, sin detenerse ni un segundo.
El Uchiha trató de contenerlo, pero era inútil. —¡Naru...to! ¡Naruto! —su voz se repetía, desgarrada, mezclada con jadeos que llenaban la habitación.
Naruto se inclinó sobre él, los labios apenas rozando su oído, el cuerpo incansable. —Más fuerte, teme. Que todos sepan quién te está destrozando.
Sasuke no podía callar. Cada movimiento lo arrancaba de la compostura, haciéndolo temblar bajo el peso del rubio. Su garganta ardía de tanto gritar el nombre, cada vez más alto, más crudo, hasta que lo único que quedó en el cuarto fue su voz quebrada: —¡Naruto! ¡Naruto! ¡Naruto!
Cuando finalmente el ritmo cesó, Sasuke cayó contra el futón, exhausto, el pecho subiendo y bajando con violencia, empapado en sudor, sin fuerzas para cerrar la boca ni para dejar de temblar.
Naruto, en cambio, apenas respiraba más rápido de lo normal. Lo miró desde arriba con una sonrisa ladeada. —Eso sí que sonó bien, Sasuke. —Su voz ronca tenía un deje de burla, como si todavía le quedaran fuerzas para otra ronda.