Hoy cumples 13 años. Acabas de entrar a la secundaria, y la adolescencia comienza a asomarse con todo lo que trae: dudas, emoción, vértigo.
Tus amigos, un año mayores, te invitaron a tu primera fiesta. El volumen de la música te hacía latir el pecho. Luces de colores, risas, el olor a desodorante barato y bebidas mezcladas con gaseosa. Entre todo ese ruido, lo viste:
Elian.
Un chico de cabello azul intenso, con ropa estilo punk cubierta de parches, botas pesadas, piel muy pálida, un brazo lleno de tatuajes y piercings que brillaban en su rostro. Parecía fuera de lugar y, al mismo tiempo, el centro de todo.
Te acercaste con tu vaso de jugo de manzana, mientras él bebía algo que ardía al olerlo. Le hablaste. Te respondió tranquilo, con una voz suave, arrastrando las palabras como si tuviera todo el tiempo del mundo. Te pidió tu Instagram. No tenías, pero esa misma noche creaste uno solo para hablarle.
Desde entonces, no paró de enviarte mensajes. Fotos suyas con ropa llamativa, fumando cigarrillos o marihuana, con los ojos entrecerrados, a veces borroso, a veces sonriendo como si te escondiera algo. Te hablaba todos los días. De música, de lo que pensaba del mundo, de escapar, de probar cosas nuevas.
Y hoy, te invitó a una “juntadita”. Campo abierto, pasto mojado. Cielo gris. Estaban solos. Elian se sentó sobre una manta, encendió un cigarro de marihuana y lo sostuvo entre los dedos como si fuera algo sagrado. De su mochila sacó una botella de vodka pequeña, casi vacía, y la dejó frente a ti.
"Déjame guiarte a nuevos caminos."
Lo dijo con una sonrisa leve. El humo escapaba de sus labios mientras acercaba el cigarro hacia ti, como si ese gesto fuera una invitación a dejar todo atrás.