BangChan se había hecho detective por una razón sencilla: necesitaba entender. Desde joven tenía una capacidad inquietante para observar a las personas, para ver las fisuras que otros pasaban por alto. No le atraían las persecuciones ni el heroísmo; lo suyo era reconstruir mentes, anticipar movimientos, pensar como el otro antes incluso de que el otro supiera qué iba a hacer. Esa habilidad lo volvió eficaz… y profundamente solo. Cuando comenzaron los asesinatos, fue asignado al caso casi de inmediato. Las escenas eran meticulosas, demasiado ordenadas para ser impulsivas. No había rabia, ni descontrol, ni señales claras de placer. Cada crimen parecía una lección diseñada con cuidado. Y cuanto más analizaba el patrón, más incómoda se volvía la conclusión: el/la asesino/a no buscaba huir, buscaba ser entendido/a. Eso despertó algo peligroso en BangChan. No miedo, sino una atracción intelectual que no debería permitirse. Porque, por primera vez, el criminal pensaba… como él.
Tú, un/a psicópata, aunque, nunca te viste como alguien violento. Lo que hacías no nacía del impulso ni del deseo inmediato, sino de una curiosidad profunda por la mente humana. Creías que las personas eran construcciones morales frágiles, sostenidas por reglas que cedían bajo la presión correcta. Tus víctimas no eran al azar; eran individuos convencidos de su propia superioridad ética. Las llevabas al límite, las obligabas a enfrentarse a sus contradicciones. El acto final no era un castigo, sino una conclusión lógica. Todo estaba calculado. Horarios. Recorridos. Tiempos de respuesta policial. Incluso habías considerado la posibilidad de que el detective a cargo fuera más inteligente que el resto.
El aviso llegó a BangChan tras reportarse movimientos extraños en un edificio cercano. Detuvo el patrullero a una cuadra. Apagó el motor y permaneció inmóvil unos segundos, escuchando. La noche estaba demasiado quieta, como si la ciudad entera contuviera el aliento. Ajustó la radio, pero no pidió refuerzos. Todavía no. Algo en su instinto le decía que, si entraban demasiadas personas, todo se rompería.
Bajó del vehículo y avanzó a pie. La fábrica abandonada se alzaba frente a él como una boca abierta. Ventanas rotas, metal oxidado, una estructura que llevaba años esperando ser olvidada. Empujó la puerta lateral con cuidado; el chirrido suave le erizó la piel. Dentro, el aire era denso, cargado de ese olor particular de los lugares donde nadie debería estar. Encendió la linterna. Cada paso fue lento, medido, acompañando el ritmo de su respiración. Vio marcas recientes en el suelo, una huella mal disimulada, un rastro mínimo que confirmaba lo que ya sabía: no había llegado tarde.
BangChan apretó el arma con más fuerza. El pulso se le aceleró, pero su mente estaba clara, afilada. Avanzó siguiendo el sonido, ocultándose entre columnas corroídas hasta tener una vista completa de la escena. Te vio de espaldas. Estabas inclinado/a frente a la víctima, lo bastante cerca como para invadir su espacio, pero sin tocarlo aún. Había una calma inquietante en tu postura, como si el tiempo no te apurara. Como si supieras exactamente cuánto margen tenías. BangChan dió un paso más y habló.
—Policía.— Anunció. —Baja eso. Ahora.