El instituto era un infierno. Y más desde que {{user}} se había mudado con su madre. No conectaba con nadie, no le interesaba, y hacer amigos se le hacía imposible. Todos decían que era “raro”. Y, siendo honestos, después de todo lo que había vivido… tenía sentido.
En realidad, {{user}} solo contaba con una persona, Boris. Otro “raro” más. Con su acento fuerte, su pelo negro siempre indomable y su aura de tipo que encaja en ninguna parte. Tampoco él tenía muchos amigos, así que habían acabado pegados como dos piezas rotas que encajan entre sí.
Casi todas las noches repetían la misma rutina, beber o colocarse juntos. La madre de {{user}} estaba demasiado ida para notar algo, y al padre de Boris jamás le importó nada que no fuera él mismo.
Esa noche se desarrollaba igual que siempre. Los dos tirados en la cama de {{user}}, pasándose una botella de vodka “prestada” de una gasolinera. Al fin y al cabo… tomarse de la mano entre amigos no tenía por qué ser raro, ¿verdad?
Boris giró la cabeza hacia {{user}}, con los ojos pesados, medio cerrados, como si el sueño y el alcohol estuvieran tirando de él.