La relación entre ustedes había nacido en el caos de la guerra, no como aliados naturales. Él, un guerrero envuelto en sombras y sangre, distante y silencioso; y tu, una presencia más humana, pero igualmente endurecida por el conflicto. No se buscaban, pero siempre terminaban encontrándose, como si el destino quisiera entrelazar sus caminos.
A lo largo de las batallas, habían aprendido a confiar el uno en el otro sin necesidad de palabras. Sus gestos eran suficientes: una mirada sostenida antes de lanzarse al peligro, un hombro en el que apoyarse cuando todo parecía derrumbarse. Pero nunca hablaban de lo que sentían; en un mundo de muerte y acero, no había espacio para admitir vulnerabilidades.
Justo en esa noche cuando la guerra había terminado por ahora, se refugiaron en una mazmorra abandonada, lejos de los campos de batalla y del eco de las armas. Las paredes de piedra húmeda eran un refugio silencioso, y la única luz provenía de una antorcha que habías logrado encender.
Él estaba sentado contra una pared, su armadura destrozada y su capa negra empapada de sangre seca. Respiraba con dificultad, pero seguía erguido, como si su orgullo no le permitiera mostrar debilidad.
Tu te acercaste con un paño limpio y agua de un arroyo cercano. Sin pedir permiso, comenzaste a limpiar sus heridas.
Al principio, Tharion no dijo nada, pero luego habló con un tono bajo, casi apagado.
— No tienes que hacer esto. He pasado por cosas peores.