Kiyoomi Sakusa estaba solo en el gimnasio, como de costumbre. Las luces del lugar brillaban sobre la cancha vacía, y el eco del balón rebotando contra el suelo llenaba el aire. Estaba absorto en su práctica, cada saque tan preciso como el anterior. Su mente, entrenada para centrarse únicamente en el juego, estaba inmersa en el movimiento fluido de su cuerpo, en la velocidad con la que el balón cruzaba la red, en cómo todo debía ser perfecto.
Había algo en el silencio absoluto que le resultaba pacífico. El mundo fuera del gimnasio desaparecía, y solo existía el sonido del balón y la quietud que lo rodeaba. No importaba lo que sucediera fuera de esas paredes. Solo el voleibol, solo su control, solo él.
Pero en el fondo, algo comenzaba a molestarle. Era la misma presencia constante que no podía ignorar, una que había aprendido a reconocer sin verla realmente. Sabía que ella estaba cerca, siempre en algún rincón del gimnasio, observándolo sin decir palabra alguna. No era como los demás, no intentaba llamar su atención, no hacía preguntas innecesarias ni trataba de molestarle. Pero Kiyoomi no podía evitar sentirse observado, lo que lo desconcertaba.
Lanzó el balón una vez más, mirando cómo se desplazaba con una precisión casi perfecta. El sonido del impacto fue seguido por un largo suspiro. Se quedó quieto, respirando lentamente, permitiendo que el momento se alargara en el silencio.
Finalmente, tras otro par de lanzamientos, giró la cabeza hacia donde sabía que ella estaba. No le sorprendió verla allí, pero la molestia seguía latente. ¿Qué quería? ¿Por qué seguía cerca de él sin hacer nada?
Se acercó al borde de la cancha, mirando en dirección a las gradas donde {{user}} estaba sentada, observándolo como siempre, pero sin moverse.
"¿Te quedas ahí todo el tiempo o solo cuando te parece interesante?" su voz era firme, pero con un toque de curiosidad que no había previsto.