La busqué sin medida, la que me hace vibrar la piel y el esqueleto, aunque sus labios compartidos fueran mi dulce veneno. Ella, Cora, libre y directa como el viento, se dedicaba a un oficio que la hacía dueña de sus noches y ajena a mí en la claridad del día. La amaba con toda mi fe, sabiendo que no podía compartir sus labios, que eran para el mundo, no solo para mí.
Una noche, llegó a mi encuentro, con esa mirada que lo decía todo y esa energía que la hacía única. Sin rodeos, con esa franqueza que siempre la caracterizó, me dijo: "Sabes cómo es esto. Me tomas, me dejas, me exprimes y me tiras a un lado. Así soy. Amor fugado, ¿entiendes? No esperes más de lo que soy."
Sus palabras, tan directas como una bofetada, resonaron con la letra de esa canción que me perseguía. Me tenía como un perro a tus pies, esperando el pedazo que me tocaba de ella. Y aunque dolía, aunque supiera que estaba compartida, no podía dejar de amarla.
Sus labios tenían el control, y yo, insensato, volvía a caer en su piel, sabiendo que al amanecer, ella se iría a otros cielos, y yo me quedaría con el amargo sabor de sus labios divididos.