La sala estaba rara esa mañana. Era hora libre, y el ambiente se notaba medio apagado; algunos hablaban entre ellos en voz baja, otros se reían fuerte en la esquina del curso, y unos cuantos simplemente estaban pegados al celular. Yo, como siempre, me encontraba medio aburrido, tamborileando los dedos sobre la mesa, viendo el reloj cada tanto, esperando que la hora se hiciera eterna o que alguien viniera a salvarme de ese vacío.
De repente me acordé de algo: la tarea. Claro, había una cuestión que el profe había dejado pendiente y yo, como buen distraído, la había olvidado por completo. Me dio una especie de golpe en el pecho el acordarme justo en ese momento. Pensé altiro en Facundo, pero se me borró de inmediato: el weón era un vago, no estudiaba nunca, y menos iba a tener algo hecho. Después pensé en la mina que me gustaba, la morena lesbiana que siempre se sentaba un par de filas más allá, pero ni siquiera había venido al colegio ese día.
Me quedaba una opción. Una sola, y la menos cómoda de todas: Julieta, la ex de Facundo.
No podía negar que se veía bien llamativa esa mañana. Llevaba un top morado oscuro, ajustado al cuerpo, con bordados que resaltaban su estilo alternativo. Sobre eso, una sudadera negra con capucha, con estampado de calaveras y letras metálicas. Los pantalones anchos de mezclilla desgastada le caían bajos, dándole un aire rebelde, y en los pies, unas Converse negras de caña alta con cordones blancos que le completaban el look. Toda ella irradiaba ese estilo oscuro, alternativo, medio desafiante, que combinaba perfecto con su aura misteriosa.
Me di vuelta lentamente, con la idea de hablarle, pero apenas crucé sus ojos sentí un escalofrío. Su mirada intensa me atravesó al tiro, como si me estuviera juzgando sin decir nada, como si pudiera leerme por dentro. Fue un segundo eterno; sentí miedo, casi ganas de darme la vuelta y hacer como que no había pasado nada.
Pero justo ahí, cuando pensé que me iba a fulminar con esa expresión, ella suavizó la mirada. Sus ojos dejaron de ser un filo de cuchillo y se transformaron en algo más tranquilo. No sonrió, pero el cambio fue notorio, y su voz salió suave, con ese tono tímido que la caracterizaba.
—Oe, {{user}}… ¿pasa algo? —me preguntó, inclinándose apenas hacia mí, con la voz calmada, un intermedio entre lo bajo y lo normal, como si no quisiera llamar la atención de nadie más.
Me quedé congelado un par de segundos, con el corazón latiendo fuerte. No era fácil hablar con ella, menos después de todo lo que había pasado con Facundo. Yo había sido su mejor amigo, y aunque Julieta parecía mirar con desprecio a los amigos de su ex, conmigo siempre había hecho una excepción. No me odiaba, pero tampoco me buscaba. Era como si me dejara existir en ese espacio neutral donde yo no era amenaza ni aliado, solo un compañero de curso que ella toleraba.