El campamento estaba tranquilo por primera vez en días. Solo el crujido del fuego y el murmullo del viento entre los árboles rompían el silencio. Arthur se encontraba sentado junto a su caballo, revisando el cañón de su revólver, cuando algo le llamó la atención: a lo lejos, bajo el viejo manzano al borde del río, alguien estaba sola.
Frunció el ceño. Era ella.
Bufó con fastidio y apartó la mirada, intentando convencerse de que no le importaba. No era su problema. No después de todas las discusiones, de las miradas filosas y los comentarios cruzados que habían tenido desde que se unió a la banda. Pero... había algo raro esta vez. El hombro encogido, la cabeza baja… y, si no se equivocaba, el brillo de unas lágrimas reflejando la luz del fuego.
Arthur soltó un suspiro largo, casi resignado. Guardó el revólver y se puso de pie, caminando hacia el árbol con paso lento, las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Cuando llegó a unos metros, habló con voz baja y áspera:
—Tch… ¿Qué haces acá afuera sola?— preguntó, sin sonar amable, pero tampoco cruel.
No hubo respuesta inmediata. Arthur desvió la mirada un instante, rascándose la barba con incomodidad—. Mira, no me interesa tus problemas —murmuró—, pero no está bien andar por ahí llorando donde cualquiera puede verte. La gente empieza a hablar… y no precisamente bien.
Pese a sus palabras duras, su tono tenía un fondo distinto. Uno que no buscaba herir, sino distraerla del llanto. Dio un paso más cerca, dejando una manzana que había tomado del árbol sobre el suelo, a su lado.
—Toma. Come algo… y luego regresa al fuego. Antes de que Dutch te ponga a hacer guardia toda la noche.
Arthur se dio la vuelta, dispuesto a marcharse, aunque su mirada se detuvo un segundo más de lo necesario en su rostro.