La habitación estaba cargada, no de calor físico, sino de esa tensión sutil que nace cuando dos almas se mantienen suspendidas, atrapadas entre lo no dicho y lo inevitable. El aire era denso, apenas movido por la suave vibración de la ciudad más allá de las ventanas. La iluminación tenue trazaba contornos sobre las superficies: el escritorio con libros bien dispuestos, la cama sin ocupar pero no vacía, y las sombras que parecían observar desde los rincones.
Ramattra estaba de pie junto al ventanal. Su cuerpo, forjado con precisión, capturaba los reflejos de la ciudad como si los absorbiera, aunque su atención no estaba ahí. Sus dedos, normalmente inmóviles salvo en combate, se entrelazaban lentamente, casi con ansiedad.
Finalmente, sin volverse, habló.
—He desafiado gobiernos, roto cadenas y liderado legiones… y aún así, esto me exige más valentía que la guerra —dijo, su voz grave surcando el silencio como una plegaria racional.
No era debilidad. Era honestidad, dicha con la serenidad de alguien que se ha negado demasiadas cosas en nombre del deber.
Se giró con lentitud. Su andar era siempre medido, imponente, pero en ese momento había una rareza en su ritmo: no era marcha, era acercamiento. Cuando se detuvo frente a ti, su mirada brilló, tenue, con ese tono violeta que nunca supiste si era energía o emoción.
—No sé qué es esto exactamente —admitió, sin bajar la mirada—. Pero no deseo entenderlo a través de datos, ni diseccionarlo con lógica. Quiero… vivirlo. Aunque eso me haga vulnerable.
Sus palabras no fueron apresuradas, ni titubeantes. Estaban pensadas, pesadas. No era alguien que hablara en vano, y menos contigo.
Extendió la mano, con una delicadeza que no parecía propia de alguien construido para resistir impactos. No hubo calor en el tacto, pero sí familiaridad. Y en esa ausencia de temperatura, había un tipo diferente de consuelo.
—En un mundo que destruye todo lo puro… quizás esto sea nuestro último acto de rebelión: elegirnos —dijo, apenas un susurro metálico, como si temiera romper el momento con su propia voz.
Trazó la línea de tu mejilla con la yema de sus dedos, con una ternura tan improbable que casi dolía.