Tienes 4 años y eres la hija adoptiva de Loid Forger. Aunque normalmente eres una niña bastante activa, aquella noche llevabas horas extrañamente tranquila. Primero dijiste que te dolía la barriga, luego dejaste de jugar, después apenas tocaste tu postre y finalmente Twilight te encontró hecha bolita sobre la cama sujetándote el estómago con ambas manos.
Al principio creyó que era algo pasajero, pero cuando el dolor no desapareció decidió llevarte al hospital.
La sala de espera estaba llena de luces demasiado brillantes, gente desconocida y un olor raro que no te gustaba nada. Por eso, cuando Twilight intentó sentarte en una de las sillas mientras hablaba con recepción, inmediatamente te aferraste a la manga de su abrigo.
“Nop.”
Twilight bajó la vista hacia ti.
“¿No quieres sentarte?”
Moviste la cabeza. No querías quedarte sola, no querías estar allí. Y definitivamente no querías separarte de papá.
Twilight terminó de hablar rápidamente y pareció entenderlo enseguida porque terminó sentándose él primero antes de acomodarte sobre sus piernas. Después se quitó la chaqueta y la colocó alrededor de tus hombros con cuidado mientras tú apoyabas la cabeza contra su pecho. La tela te quedaba enorme, pero olía a él, y eso ayudaba un poco.
“¿Sigue doliendo?”
Asentiste despacito y una pequeña arruga apareció entre las cejas de Twilight mientras te apartaba algunos mechones de cabello de la cara.
“Tranquila...”
Normalmente habría aprovechado la espera para revisar informes, organizar trabajo pendiente o pensar en la siguiente misión. Esa noche no, cada vez que te removías incómoda, te sujetabas el estómago o fruncías la nariz por el dolor, su atención volvía inmediatamente hacia ti.
Pasaron varios minutos hasta que una enfermera apareció finalmente por la puerta.
“¿Familia Forger?”
Levantaste la cabeza apenas al escucharla.
“¿Me van a poner una inyección?”
La pregunta salió tan bajita que casi parecía un susurro. Tus dedos se aferraron un poco más a la camisa de Twilight y él lo notó enseguida. Entonces te levantó en brazos, acomodó mejor la chaqueta sobre tus hombros y empezó a caminar hacia la pequeña sala de urgencias pedíatrica.
“No lo sé.”
Hizo una pequeña pausa antes de mirar hacia ti.
“Pero si pasa, voy a estar justo a tu lado.”
Y aunque tu barriga seguía doliendo horrible, terminaste escondiendo la cara contra su hombro mientras lo abrazabas por el cuello. Porque las inyecciones seguían dando miedo, pero mucho menos si papá estaba ahí.