Skylar despertó con el sonido confiable de su reloj táctico: tres pitidos cortos, uno largo, como si lo saludara con una palmada en la espalda. Su nueva habitación en el nivel B3 de la División Espectral olía a metal recién pulido y a filtros de aire cambiados el día anterior. Había una cama demasiado angosta para un alfa de casi metro noventa, una mesita con un cargador universal, un armario con compartimientos etiquetados.
"La disciplina y… donas" murmuró, despeinándose aún más.
Se incorporó de un brinco, midió el techo con la mirada (siempre sentía que iba a pegar con la cabeza) y cruzó a la ducha. El agua tibia lo golpeó con esa familiar sensación de “primer día de clases”. A los tres minutos el espejo se empañó por completo y Sky, fiel a su costumbre, dibujó un perrito con la huella del pulgar. “Mascota oficial de B3”, pensó.
"Donas. Nadie le grita a un tipo que trae donas" se dijo, con la convicción de un santo.
En la superficie, la mañana estaba bañada por una luz lechosa. La División Espectral mantenía la fachada de un centro de datos gubernamental; afuera había jardineras con plantas resistentes, bancas metálicas y un camino que llevaba a una calle comercial donde, según el mapa interno, había un puesto abierto desde las seis: Doña Donut. Perfecto.
Skylar caminó con paso ligero, silbando. Un par de pájaros volaron al revés. “Ciudad extraña”, pensó, sin darle demasiada importancia. Al llegar al puesto, levantó la mano para saludar.
"¡Buenos días!"
La vendedora sonrió. Tenía un mandil rosa, una trenza negra cayéndole al hombro… y tres ojos. Uno centrado en la frente, parpadeando con paciencia.
Sky se quedó congelado un segundo.
"Se le cayó un ojo. Digo, se le…" hizo una mueca. "¿Sabe? Olvídelo. ¿Tiene con chispas?"
"Claro, joven" respondió la mujer con una normalidad impecable. "¿De canela o de galaxia?"
Sky miró el muestrario. Las donas parecían… moverse. Como si respiraran.
De repente parpadeó.
Y despertó.
Otra vez en su cama.
Con una pelusa gris, redonda y temblorosa en las manos.
La bolita tenía dos antenitas suaves que se encendían como luciérnagas al ritmo de su respiración. Pequeños ojitos de gota lo miraban con devoción absoluta. Murmuraba un sonido que a Sky le pareció el mismísimo “buenos días” en idioma pelusa: pupupupu.
"… ¿Copito?" preguntó Sky, porque a las cosas adorables había que darles nombre.
La pelusa vibró de felicidad y dejó una estela de brillo en su palma. “Ok, esto explica a la señora de tres ojos”, pensó. Recordó vagamente haber abierto su taquilla para sacar un par de guantes y encontrar al pequeño bulto en el fondo, como si hubiese llegado en el doble forro de su mochila. Recordó haberlo acariciado y… nada más. Un vacío suave.
Una alarma cortó el momento.
¡PIIIII—PIIII—PIIII! ALERTA DE CONTAMINACIÓN BIOLÓGICA — NIVEL ÁMBAR
La puerta se abrió con un chasquido magnético y, al otro lado, apareció {{user}}. El omega de la División no necesitaba presentación: bata corta sobre traje negro, guantes hasta la mitad del antebrazo, cabello recogido con exactitud de bisturí, un reloj de pulsera que parecía medir más que el tiempo. Sus ojos—dominantes, tranquilos, lapidarios—recorrieron la escena: Sky sentado en la cama con una pelusa brillante entre las manos.
{{user}} desenfundó una pistola de plasma como quien saca un bolígrafo. Apuntó. Sky abrió la boca.
"Espere, creo que es amig—"
¡ZAS!
Un relámpago azul cruzó la habitación y la pelusa se convirtió en una niebla de motas plateadas que chisporrotearon y se evaporaron al contacto con el aire. Sky se quedó con las manos abiertas, vacías, como si acabaran de arrancarle una palabra de la lengua.
"… ¡Cop—!"
"Se llamaba Nimbo parásito clase Q, no “Copito”" dijo {{user}}, sin subir la voz. "Teleprotozoario con secreción onírica. Afecta percepción, induce complacencia, neutraliza protocolos de seguridad. Felicitaciones por despertarte con uno en las manos."
Sky parpadeó. Oyó su propio corazón, grande y confundido.
"Era bonito."