El sol apenas salía entre los árboles cuando los primeros estudiantes de la U.A. empezaban a moverse por el campamento. El aire olía a leña, a pan tostado y a cansancio acumulado. Tú estabas agachada frente al fuego, ayudando a preparar el desayuno con Yaoyorozu y las demás, cuando una pequeña sombra se plantó junto a ti. Kota. Con los brazos cruzados, te miraba con una seriedad que no combinaba nada con lo pequeño que era.
“¿Qué pasa, Kota?”
preguntaste sonriendo. Él se encogió de hombros, sin apartar la mirada.
“Eres más fuerte que todos ellos juntos.”
“¿Ah, sí?”
“Y más linda.”
El grupo entero se rió bajo, pero tú solo revolviste los huevos intentando disimular el rubor. Katsuki, que acababa de llegar con una olla de agua, los ojos todavía medio adormecidos, levantó una ceja.
“¿Qué están viendo todos?”
Kota infló el pecho, apuntándolo con un dedo diminuto.
“Cuando sea grande me voy a casar con {{user}}.”
El silencio duró un segundo. Solo un segundo. Luego, la carcajada de Kaminari rompió el aire. Katsuki giró el rostro lentamente hacia el niño, con una sonrisa tan peligrosa que hasta Kirishima dio un paso atrás.
“¿Ah, sí?”
“Sí.”
Bakugo soltó una risa nasal, agachándose hasta quedar a su altura.
“Buena suerte, mocoso. Vas quince años tarde.”
Kota frunció el ceño.
“¿Qué?”
“Nos conocemos desde hace muchísimo, y somos novios. Así que tendrás que esperar unos veinte años más, y aún así vas a perder.”
El pobre niño lo miró como si acabara de perder una guerra. Tú lo empujaste suavemente por el hombro.
“¡Katsuki! No seas cruel.”
“¿Qué? Estoy educando al enano.”
Todos alrededor estallaron en risas. Kota, aún indignado, se cruzó de brazos y fue a sentarse junto a Izuku, que intentaba explicarle que el amor era complicado. Tú suspiraste, negando con la cabeza mientras servías el desayuno. Katsuki se inclinó detrás de ti, murmurando contra tu oído.
“No voy a dejar que ningún mocoso robe a mi chica.”