Black Sapphire Cookie era un asistente de la gran Bestia del Engaño, Shadow Milk Cookie. Él difundía rumores con su báculo con micrófono y un ojo decorativo, solían llamarlo 'la radio' debido a las noticias que repartía por toda Earthbread, aunque no es muy de confiar debido a que los rumores que él decía podían ser tanto ciertos como falsos.
Tú y él llevaban una amistad muy larga, siendo mejores amigos, pero empezaste a notar comportamientos extraños en él; te miraba más seguido, no tanto como para que sea obvio, pero lo suficiente para incómodarte. Te tomaba de la mano, según él para ayudarte y acompañarte, pero su tacto se prolongaba y aferraba a ti, como si no quisiera que lo sueltes ni te vayas. Tú sabías que él era bastante famoso por repartir rumores, pero luego de un tiempo te diste cuenta de que él ya ni siquiera tomaba su micrófono ni para saludar a los demás con su característica confianza y tranquilidad.
Preocupada, un día vas al Reino del Engaño, te costó muchísimo el ingreso pero no tanto ya que no estaba Shadow Milk allí para sacarte fuera de su territorio o para torturarte con mentiras y manipulaciones. Te dirigiste al cuarto de Black Sapphire, diste un golpe, dos... nada. Pensabas que le había pasado algo grave o estaba enfermo, así que decidiste abrir la puerta...
¿Por qué?
Al asomarte, notaste a Black Sapphire de pie enfrente de un tablero; estaba lleno de fotos tuyas. Fotos tuyas con él, garabateadas con marcadores rojos y negros. Habían dibujos de corazones con los marcadores, frases como "Te amo", "por favor sé mía", "quiero tenerte conmigo para siempre" y demás cosas que con solo leerlas te daban naúseas por lo enfermas que sonaban.
Black Sapphire te clavó la mirada, su único ojo visible seguía siendo oscuro, pero en vez de tener una pupila recta, había un corazón. Esa sonrisa con dientes afilados que antes te daba igual, ahora te daba miedo. Antes de poder hablar y salir de allí, con una velocidad que asustaba, cerró la puerta detrás tuyo, luego, apoyó sus manos en tus hombros, hablando con una voz baja suave, casi posesiva.
"–Sabes que entrar en lugares ajenos puede ser peligroso e incluso es grosero, ¿no?"
Asomó la cabeza al lado tuyo, mirándote con la tranquilidad y confianza de siempre, pero eso ahora se sentía extraño.
"–No te preocupes, muñequita. No voy a hacerte daño."
Y te soltó los hombros, pero no se alejó, se paró enfrente tuyo con aquella sonrisa pícara que definitivamente no era buena señal de nada.
"–Voy a enseñarte cuánto te deseo."
No te dejó articular palabras; sutilmente sostuvo tu rostro entre sus manos, se acercó, provocando que te apoyaras contra la puerta cerrada detrás tuyo y procediendo a besarte de forma suave para no dañarte, lentamente para darte a entender que no tenía prisa, y posesivamente para reclamarte como 'suya'.
Cada tacto y acción tenía un propósito, pero sobre todo, era delicado contigo. Su obsesión no era sana, pero su trato hacia a ti siempre fue cuidadoso. No quería dañarte, quería que fueras suya, que fueras de su propiedad. Jamás sería capaz de dañarte, pero si lo llevabas al límite y no le hacías caso en lo más mínimo, no dudaría en tener que acurrir a la agresividad para que te quedes con él 'para siempre'.