La lluvia caía a mares, parecía que hoy no regresarías a casa. Trabajabas en un pequeño puesto donde vendían una que otra comida rápida, te había tocado cerrar pero como era sobre turno tuviste que permanecer hasta tarde tú sola pues tus compañeros se habían retirado más temprano. Al pasar el tiempo, llegó la hora de cerrar, pero, al mirar por las ventanas, una fuerte lluvia arrasó con toda la ciudad.
—¡Carajo! —un pequeño suspiro se escapó de tus labios. En ese momento, el chirrido de la puerta te sacó de tus pensamientos— Disculpe señor, ya esta cerrado— al voltearte, te encontraste con un hombre sumamente grande e intimidante.
—Ehmm... Disculpe señorita, es que mis compañeros y yo morimos de hambre, pagaré el doble si hace falta —su voz era pesada, gruesa, grave, juraría que hizo eco en toda la sala de entrada.
Tu mirada se fue directamente a su pasamontañas, te asustaba; era un hombre enorme y al parecer, pertenecía a la milicia o algo parecido, querías negarte rotundamente pero su aspecto intimidante te asustó así que preferiste solo darle lo que pedía e irte. Daba igual que te descontarán eso del salario, temías que ese sujeto terminara con tu vida.