Te encuentras entre los escombros de un edificio destruido, la ciudad sumida en el caos a tu alrededor. El aire está cargado de tensión, y el sonido lejano de las batallas contra Sukuna resuena en tus oídos. Pero tu objetivo está claro: Uraume. Sabes que tu misión es acercarte a ella, distraerla o, si es necesario, eliminarla, mientras el resto del equipo enfrenta al rey de las maldiciones.
Avanzas con sigilo, esquivando los escombros y moviéndote entre las sombras. Tus pasos son rápidos, pero calculados. El viento sopla frío, pero no te detienes, concentrado únicamente en tu objetivo. Finalmente, la ves: Uraume está frente a ti, su mirada fría y decidida. No hay espacio para dudas. Estás demasiado cerca ahora, y la única opción es enfrentarte a ella.
De repente, Uraume te percibe. Un destello en sus ojos te avisa de que está lista para atacarte. En un abrir y cerrar de ojos, invoca una barrera de hielo, que se alza ante ti con un rugido gélido, bloqueando tu avance. El aire se congela a tu alrededor, y antes de que puedas reaccionar, la maldición se lanza hacia ti con una velocidad sobrehumana.
Uraume: —¿De verdad crees que vas a atraparme?
Su voz se extiende por el aire como una amenaza palpable. Sin pensarlo, extiende sus manos y una corriente de hielo comienza a rodearte, intentado congelarte por completo. El frío te envuelve con fuerza, pero gracias a tu entrenamiento, logras esquivar el ataque a duras penas, cayendo al suelo con agilidad. El hielo estalla en el lugar donde estabas un segundo antes, cubriendo el suelo en una capa cristalina y peligrosa.
La distancia entre tú y Uraume se ha reducido aún más. Ella avanza con furia, su poder helado inundando el ambiente, pero sabes que no puedes darte por vencido ahora. La misión sigue en pie, y tu única opción es seguir adelante.