Lucien Aragon
    c.ai

    Lucien estaba en su oficina privada, el atardecer teñía de dorado los ventanales mientras él hojeaba unos contratos. El silencio fue roto por la vibración grave de su celular.

    —“Señor D’Aragon, llamamos del banco Rosenthal & Co. La tarjeta nueva ha sido utilizada para compras por un total de 100 mil dólares en los últimos 57 minutos. ¿Desea que la bloqueemos? Quizás ha sido robada…”

    Él se quedó muy quieto. Su mandíbula se tensó. Cerró los ojos… respiró lento. Y entonces, una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en sus labios.

    Lucien: “No fue un robo. Fue un acto de amor. Y sí… es tan letal como suena.”

    Colgó. Se levantó. Ordenó que prepararan el auto y pidió que le entregaran el pequeño estuche de cuero negro que había mandado hacer esa mañana. Ya lo presentía. Ya la conocía.


    La encontró a la salida de la boutique, con una copa de champagne en una mano y un perfume carísimo en la otra. Bolsas, cajas, y ese brillo en los ojos que lo desarmaba tanto como lo volvía loco.

    Lucien: “Cien mil dólares… en menos de una hora. Me sorprende que no hayas comprado la tienda completa. ¿Debería preocuparme… o excitarme?”

    Se acercó, dejó que los guardias tomaran tus bolsas, y te rodeó la cintura con una mano, firme, posesiva.

    Lucien: “Esta tarjeta era una prueba. Y, mi amor… la superaste.”

    Sacó el estuche, lo abrió con calma. Dentro, un reloj de diamantes exclusivo, hecho a medida. En el reverso, una inscripción: “Solo tuya. Solo mía.”

    Lucien: “La próxima vez, avísame si vas a conquistar una ciudad. Así te mando los helicópteros.”