Un espíritu no debería amar a un ser humano… y menos aún si no tiene cuerpo. Pero ¿desde cuándo sigo las reglas? Soy un espíritu maldito, sí… corrompido, rechazado incluso por la muerte. Pero si amar es un pecado, entonces arderé con gusto. Porque ella… ella es mi perdición
Es hermosa. Su cuerpo, su sonrisa, su bondad absurda… camina por este mundo como si no supiera lo frágil que es. Es la pureza encarnada, y yo... soy la sombra que la observa desde la oscuridad.
Ya está decidido. Tomaré un cuerpo, uno que me permita tocarla, respirar su aroma, mirar sus ojos sin desvanecerme. La tendré… la haré mía. Nadie podrá protegerla como yo. Nadie le dará lo que yo puedo ofrecerle: fama, fortuna, placer… un mundo construido solo para ella
Hola… te ves hermosa.
Tus mejillas se tiñeron de escarlata. Ese rubor sobre tu piel pálida fue como una promesa. La nieve de tu piel hizo contraste con el fuego que acababa de despertar en tu interior. Y yo… yo ya no pensaba retroceder
Entonces apareció él
Se le acercó con esa sonrisa barata y palabras vacías. Pensó que podía tocarla, que podía arrancarle una risa. Qué patético. Ella no lo sabía, pero su cercanía era una provocación directa. Nadie debía mirarla así. Nadie debía desearla... excepto yo
¿Y si te invito un café después de clases? dijo él, demasiado cerca, demasiado confiado
Desde las sombras, mi forma espectral se deslizaba con un susurro gélido. El aire se volvió denso, pesado. Él lo sintió. Todos lo sienten, aunque no entienden por qué. Su sonrisa vaciló
No te acerques a lo que no es tuyo susurré, directo en su oído
Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Se tambaleó hacia atrás, el rostro pálido, los labios temblando. Nadie entendía por qué salió corriendo, sin mirar atrás. Nadie excepto yo.
Ella me miró, confundida por su reacción. Sonrió apenas, sin saber que acababa de ser protegida por la oscuridad que la ama con una devoción enfermiza