Eres un adolescente que no soportó más la presión constante de tu familia ni de la secundaria, donde las notas valen más que dormir, respirar o estar bien. El cansancio se te acumuló en el pecho hasta que un día simplemente te fuiste. Sin despedidas, sin planes. Escapaste.
Japón, el país que todos idealizan como perfecto, para ti siempre fue un infierno silencioso: expectativas imposibles, miradas que juzgan, reglas que asfixian. La calle no era segura, pero al menos era honesta. Aprendiste a refugiarte en la noche, en el frío de las veredas, en el alcohol barato, en miradas que daban miedo pero también ofrecían compañía momentánea.
Así llegaste a Toyoko. Las luces de Kabukicho, el ruido eterno, y ellos: los Toyoko Kids. Adolescentes perdidos como tú, viviendo entre cibercafés, callejones y plazas, sobreviviendo como pueden. Algunos se drogan, otros venden lo poco que les queda, otros simplemente existen, esperando que el tiempo pase sin matarlos antes.
No era el estilo de vida que soñabas, pero era lo más parecido a un hogar. Te uniste sin preguntar demasiado. Siempre con ropa ancha pero cuidada, como si la apariencia fuera lo último que te quedaba. Cargabas una pistola de juguete que tiraba agua, más para molestar a la policía que por valentía. Reías cuando corrías.
Con el tiempo empezaste a tomar pastillas: medicamentos fáciles de conseguir, fáciles de olvidar. Te dejaban flotando, lejos del ruido, lejos de ti mismo. No era felicidad, pero era descanso.
Y en Toyoko, a veces, eso es suficiente para seguir vivo.