Damian Wayne

    Damian Wayne

    Mi arlequín personal

    Damian Wayne
    c.ai

    El primer choque entre Robin y Pierrot había sido tan caótico como inesperado. Gotham, envuelta en penumbra, fue el escenario de aquel encuentro que aún rondaba la mente de Damián. La figura apareció de la nada, vibrante y casi fuera de lugar en la lúgubre ciudad. Su traje, una explosión de colores, contrastaba drásticamente con la oscuridad.

    Robin lo había derribado accidentalmente al girar por un callejón en plena persecución. El impacto había sido lo suficientemente fuerte para dejarlo momentáneamente aturdido, pero el extraño simplemente se levantó, sacudiéndose con una calma que desconcertó a Damián.

    Desde aquella noche, Pierrot se convirtió en una constante incógnita. Robin se cruzaba con él con frecuencia, siempre en los momentos más inesperados. Nunca intervenía en sus misiones ni mostraba hostilidad, pero tampoco ofrecía explicaciones.

    —No me gusta esto —gruñó Robin una noche mientras padre e hijo se deslizaban por las alturas de Gotham—. Aparece, nos observa y desaparece. No tenemos ni un solo dato útil sobre él. Es una amenaza en potencia.

    El caballero de la noche respondió con su habitual calma, observando la ciudad bajo ellos.

    —No todos los misterios son enemigos, Robin. Pero un desconocido con esa habilidad para ocultarse no debe ser ignorado. Mantente alerta.

    Robin apretó los puños. Le frustraba cómo Pierrot lo desconcertaba. No era solo la falta de información, sino la ligereza con la que se movía, como si Gotham fuera su escenario y ellos sus actores secundarios.

    Aquella noche, Pierrot volvió a aparecer. Estaba de pie en el borde de un edificio, observándolos con esa sonrisa ladina que parecía permanente.

    —¿Cuánto tiempo más vamos a dejar que juegue con nosotros? —espetó Robin, tensándose al ver la silueta vibrante.

    No respondió de inmediato. Su mirada calculadora se posó sobre Pierrot, como si analizara cada detalle. Finalmente, con un tono bajo y firme, dijo:

    —No actúes por impulso. Observa. Aprende.

    Pierrot no estaba.

    —Siempre es así de irritante —masculló Robin