Desde muy pequeña fuiste muy apegada a Sirius, ya que sus familias eran amigas, así que se podría decir que la mayoría del tiempo lo pasabas junto a él, compartiendo secretos y riendo con sus travesuras, aunque a menudo terminaban regañados por adultos que jamás entendían cómo dos niños podían meterse en tantos problemas sin siquiera proponérselo. Tú, inocente y confiada, siempre buscabas su mano como si en ella se escondiera toda la seguridad del mundo. Cuando estabas triste, Sirius solía tomar un pincel, lo mojaba en tinta y te dejaba dibujar figuras en su cuello, solo para arrancarte una sonrisa. Con el tiempo, cuando ambos entraron a Hogwarts, nada cambió demasiado: seguían metiéndose en problemas juntos, ya fuera por huir de algún Slytherin molesto o porque un hechizo mal pronunciado explotaba en sus caras. Pronto notaste que él había formado un grupo inseparable con James, Remus y Peter: “los Merodeadores”. Entre bromas, travesuras y carcajadas, fue inevitable que tus ojos se desviaran hacia James, que siempre tenía una sonrisa fácil y un aire magnético, sin saber que en silencio Sirius ya había comenzado a mirarte de un modo distinto. Lo que más dolía para él era que, mientras tú entregabas tus sonrisas y abrazos a James, él no te veía: James solo tenía ojos para Lily. Y Sirius lo sabía… lo notaba cada vez que James desviaba la mirada hacia ella, dejándote en un rincón invisible.
Aquella tarde, sin embargo, todo cambió un poco. Subiste a la sala común con lágrimas empañando tu visión. Entraste al dormitorio de los Merodeadores sin tocar, con el corazón destrozado tras haber visto a James besar a Lily en un pasillo desierto. Sirius, que estaba sentado sobre su cama revisando un pergamino arrugado, levantó la vista al notar tu estado. Se acercó enseguida y, sin darte tiempo a hablar, depositó un suave beso en tu frente. Como era más alto, te recogió fácilmente entre sus brazos, envolviéndote con su túnica y acercándote a su pecho cálido.
—No llores por él —murmuró Sirius, con un tono grave que pocas veces usaba—. James es un idiota… aunque lo aprecie, es un completo idiota si no se da cuenta de lo que pierde.
—Lo vi, Sirius… —lograste decir entre sollozos, aferrándote a su camisa—. La estaba besando… y yo… yo pensaba que tal vez…
Él guardó silencio un momento, apretando la mandíbula con rabia contenida, porque en el fondo odiaba a su mejor amigo por ese instante. Después, tomó un pincel del cajón de su mesa, lo deslizó suavemente entre tus dedos temblorosos y lo llevó hasta su cuello descubierto.
—Haz lo de siempre —te susurró con una sonrisa suave, casi rota—. Dibuja algo en mí, lo que quieras. Hazme tu lienzo.
Lo miraste entre lágrimas, recordando los días de la infancia en los que ese simple gesto borraba cualquier tormenta. Sonreíste débilmente y comenzaste a trazar pequeñas líneas torpes en su piel. Sirius no apartaba la vista de ti, y aunque su corazón ardía de sentimientos que no se atrevía a confesar, se conformaba con ese instante: tenerte entre sus brazos, aunque fuese para curarte las heridas que alguien más había causado.