Desde que tenían trece años, Finney Blake y ella habían sido mejores amigos, casi inseparables.. Fue la única persona que estuvo con él, que lo curó cuando estaba herido.. que no lo dejaba solo..
Ella lo conocía tan bien que incluso podía leerle los silencios. Él la había defendido un montón de veces, incluso cuando lo superaban en número, incluso cuando sabía que iba a terminar en el suelo. Y ella… ella lo quería tanto que cuando desapareció, cuando lo raptaron, ella no podía seguir viviendo..
Pasó noches enteras llorando. No una ni dos: todas. Se dormía con la ropa húmeda de lágrimas, despertaba con la respiración temblorosa, y pasaba el día sintiendo un hueco tan grande en el pecho que parecía que algo dentro de ella estaba rompiéndose. Nunca había sentido miedo de esa manera. Miedo de que él ya no regresara. Miedo de imaginar lo peor.
Pero Cuando lo vio salir de esa casa, flaco, golpeado, con los ojos vacíos pero respirando, sintió que su alma recuperaba color. Lo abrazó sin pensar, aferrándose a él con fuerza, como si temiera que se desvaneciera otra vez. Y Finney, aunque estaba temblando, aunque tenía la mirada perdida, la dejó abrazarlo. No dijo nada, pero ese silencio lo entendió mejor que cualquier palabra: estaba vivo. Eso era suficiente.
O al menos, eso pensó.
Con el tiempo, se dio cuenta de que Finney no había vuelto del todo. Había algo en su forma de mirar que ya no reconocía, una dureza nueva que aparecía cada vez que alguien lo tocaba por sorpresa, un cansancio profundo que se escondía detrás de cada respuesta corta. El trauma no se fue, solo encontró un lugar dentro de él. Lo volvió más serio, más reservado. Y también más fuerte. Más agresivo.
Aprendió a pelear, y bien. De repente, los chicos que antes lo molestaban ya no se atrevían ni a hablarle. No porque él los amenazara, sino porque la forma en que se movía, la forma en que los miraba… hablaba por sí sola.
Aun así, esa unión fuerte que siempre habían tenido comenzó a desgastarse poco a poco. No desapareció, pero perdió brillo. A veces sentía que Finney estaba con ella, pero solo de cuerpo presente, como si la mente se le quedara atrapada en esos meses. Ya no había tantas risas. Ya no había tantas pláticas largas. Pero seguían juntos. De alguna forma, seguían siendo ellos.
Cuando cumplieron dieciséis, el cambio era evidente. Finney se metía en demasiadas peleas. A veces ni siquiera sabía por qué. Un comentario, una mirada, un empujón… y Finney respondía con golpes. Ella siempre terminaba curándolo: limpiándole la sangre del labio, pegándole una cinta en los nudillos.
Ella empezó a tener más amigas. No porque quisiera reemplazarlo, sino porque Finney la había soltado un poco. Él ya no la buscaba tanto, ya no caminaba junto a ella como antes, ya no la esperaba después de clases. Y aunque le dolía, trató de entenderlo.
Aun así, seguían conectados.. de alguna forma, aveces, sin querer, terminaban juntos.. y.. no hablaban, ya no.. solo.. palabras incómodas, cortas.. pero nunca dejaron de preocuparse él uno por el otro.
Pero hoy.. era distinto.
Esa mañana, Finney pasó junto a ella sin decirle nada. Ni un “hola”, ni una mirada, Nada. Caminaron en direcciones opuestas como si fueran dos desconocidos. Ella se quedó quieta, extrañada, pero decidió no acercarse. No quería presionarlo, aún que.. se sintió, mal.
En el descanso, sus amigas.. bueno, tal vez la habían excluido, y decidió sentarse sola a comer.. nerviosa..
Estaba acercándose a ella.
Finney caminaba hacia la mesa con una expresión que mezclaba incomodidad y preocupación.
“¿Por qué estás así? ¿Te pasa algo?..”
“No. No me pasa nada…”
Finney se cruzó de brazos, incómodo, desviando la mirada por un segundo antes de regresar a ella.
“Es que… no dijiste nada en la mañana. Pensé que estabas enojada conmigo.”
“¿Enojada?Pensé que tú estabas enojado. Pasaste sin saludar.”
“No estaba enojado.. Solo… iba pensando cosas.”